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El festival de cine europeo de Sevilla, que ha tenido lugar entre el 4 y el 12 de noviembre, es –desde hace unos años- una de las citas fundamentales del panorama cinematográfico de nuestro continente.
Desde el año 2012 lo dirige José Luis Cienfuegos, que anteriormente había puesto en el mapa internacional de festivales al de Gijón, después de haberlo dirigido entre 1995 y 2012. Tras su abrupta y controvertida destitución pasó, pocos meses después, a dirigir este Festival de Sevilla que en muy pocas ediciones ha adquirido una proyección y una personalidad insospechada poco tiempo atrás. Este año ha celebrado su decimotercera edición, la quinta comandada por Cienfuegos. Y desde un aspecto más institucional, ha visto reconocido su papel como plataforma del cine europeo con el anuncio -llegado el último día del Festival- de que el próximo año será Sevilla la que organice la gala de entrega de premios del cine europeo que entrega la European Film Academy (EFA).
El éxito del festival en un sentido artístico se fundamenta sobre dos pilares: el primero, una selección oficial de muy alto nivel que, al no estar condicionada por un número máximo en la filmografía de sus directores, ni por la necesidad de presentar obras inéditas, se ha constituido en algo parecido a una liga de honor del cine europeo. Así de los dieciséis largometrajes que optaban al Giraldillo de oro, cinco fueron presentados en la competición oficial de Cannes, la selección con más pedigrí autoral de la temporada (otros tres se han podido ver fuera de concurso); también optaban a premio las vencedoras este año en Locarno: Godless de la búlgara Ralitza Petrova; y en Karlovy Vari: la húngara It’s not the time of my life de Szabolcs Hajdu, además de otras galardonadas en diversas secciones del mismo Cannes o de la Berlinale. De todas ellas casi la mitad, siete, son producciones francesas, y en otras tres hay una importante coproducción de este país, una clara muestra del peso que tiene esta cinematografía en el conjunto de la producción europea.
El segundo pilar se construye por la relevancia que se le otorgan a las secciones “Nuevas olas” (ficción y documental) y “Resistencias”, que acogen el cine más radicalmente independiente y que marca las líneas más personales y alternativas de la producción actual. Propuestas contundentes que van desde Rita Azevedo Gomes, de la que pudimos ver estrenada en España su anterior película La venganza de una mujer (2012); o Sergei Loznitsa con una de las filmografías más interesantes de los últimos años, sobre todo desde el documental; hasta el asturiano Ramón Luis Bande, sobre el que ya nos extendimos en el número 341 de esta revista, al hilo de la presentación de su película anterior El nome de los árboles (2015). Todo eso sin olvidar que en la sección oficial se podían encontrar propuestas como las de Oliver Laxe o Eugène Green, portadoras también de una marcada personalidad.
Toda esta programación se ve realzada por un factor que pocas veces se tiene en cuenta y que es fundamental para el disfrute y la apreciación de las obras: las condiciones de proyección. Condenados como estamos a la asociación de las salas cinematográficas con los centros comerciales, algo que este Festival tampoco ha podido esquivar, queda el consuelo de que, tras atravesar tiendas de moda y comida rápida que los fines de semana se convierten en el centro del mundo, se pueda acceder a unas salas con unas condiciones de proyección excelentes tanto de imagen como de sonido; con un tamaño de pantalla que creíamos extinguido; y una amplitud y comodidad en las salas más que notables. Así es el complejo de cines Nervión Plaza, donde se proyectan la mayor parte de películas, propiedad actualmente de la multitentacular francesa MK2. Un ejemplo más de la importancia cinematográfica gala y un factor a tener en cuenta en la considerable presencia de público local, al que se le presenta la oportunidad de ver de forma concentrada el mejor cine europeo del año, que en la mayoría de casos no volverá a verse en pantallas comerciales, salvo que algún otro festival acuda en su rescate.
Entrando a valorar más particularmente las películas que he tenido ocasión de ver a lo largo de casi una semana, diría que en su conjunto ha sido una experiencia más que notable, moviéndome entre esas dos vías por las que se desliza el Festival: la de primeras figuras del cine de autor y la de autores más minoritarios o incipientes, consciente -eso sí- de que hace años que el cine europeo no se encuentra, precisamente, en su edad de oro.
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Ma Loute (2016), Bruno Dumont.
El palmarés ha dado cabida a lo más interesante que he podido ver durante estos días. La que ha alcanzado mayor reconocimiento -con el Giraldillo de oro- ha sido Ma Loute de Bruno Dumont. Dumont es uno de los directores más interesantes del cine francés, aunque en España sólo se haya estrenado comercialmente su anterior largometraje Camille Claudel 1915 (2013), protagonizado por Juliette Binoche.
Ma Loute es un delirio que ahonda en la vía que había inaugurado su anterior producción, P’tit Quinquin (2014), concebida como serie televisiva con un metraje que superaba las tres horas. Tenía esta el tono de una comedia disparatada y esperpéntica que le servía para hacer aflorar las mezquindades en uno de los microcosmos en los que habitualmente centra su atención Bruno Dumont. Todo esto se ve multiplicado en Ma Loute. La geografía vuelve a ser la habitual de sus películas: el triángulo del norte de Francia delimitado por el Canal de la Mancha, los entornos de Calais y la frontera belga, donde se encuentra su lugar de nacimiento: Baillieu, población donde ha rodado numerosas escenas de sus películas. Es, por tanto, un cine que se desarrolla en ambientes rurales, entre granjas y animales, con una importante presencia marina y de espaldas al mundo urbano y sofisticado de la capital, como también le es propio al igualmente premiado Alain Guiraudie.
Ma Loute reúne dos mundos contrapuestos en un espacio muy concreto: la bahía de Slack, cercana a Calais. La acción se sitúa en el verano de 1910. Por un lado tenemos a la familia de pescadores de Ma Loute (un adolescente huraño) que tienen el hábito del canibalismo; y por otro lado, a una familia burguesa en decadencia física, biológica y moral que están veraneando en la torre de estilo egipcio que se han construido frente al Atlántico. Dumont siempre ha manifestado un gusto por los personajes excéntricos, marcados por su entorno y muchas veces al margen de la sociedad. Los tonos de sus películas acostumbran a ser secos, austeros, por momentos violentos y descarnados, siempre muy físicos y con cierta propensión hacía el trascendentalismo; alterna actores profesionales con otros ocasionales y todo eso está presente en Ma Loute, pero llevado a un registro grotesco. Ciertamente es una película de pocos matices, donde todo conduce a lo caricaturesco, potenciando unos registros que la vinculan con el cómic o el slapstick americano. Hacía tiempo que no veía tantas caídas en una película, y fundamentalmente disfruté y me reí porqué consiguió sacar algo del espectador infantil que todos llevamos dentro. Y si bien es cierto que sus personajes no van más allá de la primera cara que muestran, salvo el de la ambigua y pluriforme Billie Van Peteghem (ganadora del premio de interpretación femenina), en una obra tan coral como ésta, la multiplicidad de relaciones que se generan entre ellos vienen a suplir el registro monolítico de cada uno. Y además, está lo que siempre ha estado en el cine de Dumont: su capacidad para sacar partido a todos los elementos físicos que confluyen en el plano, desde el paisaje a los rostros, la luz, los colores y tantos otros elementos que se van repitiendo a lo largo de su obra, como esa pareja imposible de policías que investigan la desaparición de turistas, base alimenticia para la familia de Ma Loute, y variación de la anterior pareja de policías de P’tit Quinquin y de otra pareja, en clave algo más seria pero igualmente chocante de L’ Humanité (1999). Es muy interesante comprobar que aunque el resultado tienda hacía un cierto surrealismo y hacia el desborde imaginativo, Dumont ha construido su película completamente enraizada en los lugares que han conformado su cine y todos los elementos que constituyen la materia prima del filme forman parte de la memoria de esta bahía.
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Mismosas (2016). De Oliver Laxe.
El Segundo premio en importancia -Premio especial del jurado- ha recaído en Mimosas (2016) de Oliver Laxe, que ya se había hecho con el Premio de la Semana de la Crítica en su presentación en el pasado Festival de Cannes. Personalmente acudía a la película lleno de prevenciones. Su ópera prima Todos vós sodes capitáns (2010) me había parecido tramposa y la insistencia de su director para subrayar sus intenciones espirituales y esotéricas para ésta me hacía temer lo peor, pero me encontré con una película que, por encima de todo, conjuga con gran organicidad elementos que, de entrada, se dirían antagónicos. Por una parte un cine de género que nos remite al western o a las películas de aventuras por espacios al margen de la civilización; por otra nos vincula con un cine de autor que se manifiesta, sobre todo, en su ritmo, en la incompletitud de su relato y en unos tonos más cercanos a la poesía que a la prosa. Conjuga también, y de manera muy equilibrada, el desplazamiento exterior con el interior; y el aspecto que me ha parecido más remarcable la película: ha conseguido crear una imagen de gran pregnancia física, tanto en el paisaje como en la figura humana, así en los primeros planos como en los planos más abiertos y, por tanto, en la relación y la escala que se establece entre ambos polos. Pero al mismo tiempo que emerge toda esta potencia física y matérica, la película consigue hacer transpirar el misterio. Un logro al que no es ajeno su director de fotografía, Mauro Herce, que acaba de estrenar comercialmente su excelente opera prima: Dead slow ahead (2015).
Dejo de lado Le Fils de Joseph (2016) de Eugène Green que ha obtenido el premio al mejor guión y el premio de la interpretación masculina para el joven Victor Ezenfis. Green es para mí el creador más interesante y de mayor trascendencia en lo que va de siglo y emplazo al lector a un próximo número de esta revista, donde podremos extendernos en un monográfico coincidiendo con el estreno comercial (por primera vez en España) de ésta, su última película; un ciclo sobre su obra que le dedicará la Filmoteca de Catalunya; y un cumplido taller que se desarrollará a lo largo de tres días en Barcelona.
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Rester Vertical (2016), de alan Guiraudie.
Otra película premiada, en este caso con el Premio a la mejor dirección, ha sido Rester Vertical (2016), de Alan Guiraudie, que -como comentaba más arriba- comparte con Bruno Dumont los ambientes rurales en su cine, si bien, a diferencia de éste, situados en el sur de Francia, en la región de Midi-Pyrénées. Comparte también con Dumont -y Rester Vertical vuelve a ser un claro ejemplo de ello- una tipología de personajes muy particular, interpretados por gentes que sólo parecen tener cabida en su cine y a los que coloca en situaciones extremas y chocantes que impactan por su tono directo y frontal. Situaciones que en manos de otro director resultarían impostadas por una voluntad provocativa, pero que en manos de Guiraudie y la lógica que establece en su relato, se consigue que esos giros sorprendentes se sucedan de manera orgánica, poniendo de manifiesto que las peripecias de sus películas no se adecuan a ningún tratado de construcción de guiones, sino a una especie de fuerza y entusiasmo con el que parece empujar su relato hacia adelante. Cuando salí de la proyección, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue: “este tipo está loco”; obviamente no era la locura imaginativa y carnavalesca de Ma Loute, sino la de un tipo que parece atreverse con todo, que no está dispuesto a ser políticamente correcto y que, además, no piensa hacer bandera de ello.
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Solo el fin del mundo (2016). de Xavier Dolan.
Hasta aquí los premios principales que, para mi felicidad, no auparon, como había hecho Cannes con el Gran Premio del Jurado, a Xavier Dolan y su película Solo el fin del mundo (2016). A Xavier Dolan se le ha colocado la etiqueta de genio, seguramente porque no es habitual que alguien antes de cumplir los 30 años haya dirigido seis largometrajes y tenga abiertas, de par en par, las puertas de Cannes. No pondré en duda su genialidad, aunque yo no haya sabido apreciarla por ningún lugar. Un personaje tan curtido y esencial en la evolución del cine de autor posterior al ’68 como es Marin Karmitz, retirado hace unos años de su faceta de productor, mantuvo como casos excepcionales a los que quería seguir produciendo a Abbas Kiarostami, Jia Zhangke y Xavier Dolan, al que considera un joven genio. Así ha sucedido con esta película de la que es productora MK2. Yo, cuando salí de Solo el fin del mundo, tuve que tomarme una aspirina.
Su argumento es sencillo y dramáticamente potente. Un joven escritor regresa a casa tras doce años de ausencia para anunciar a su familia su muerte inminente. Rodada prácticamente en el único escenario de la casa familiar, herencia de su procedencia teatral, el film se agarra a los diálogos y a un elenco de cinco primeras figuras del cine francés. Si en el cine de Xavier Dolan hay una gran dosis de exhibicionismo ésta es, además, una película histérica. De la misma manera que los culebrones se construyen por la acumulación de momentos de gran intensidad dramática prescindiendo del resto, Solo el fin del mundo lo hace llevando al enfrentamiento y al choque constante cualquier situación y diálogo que se pueda desarrollar, sin ceder nunca en ese empeño. Así cada argumento encuentra, irremisiblemente, su motivo de disputa y la ocasión para hurgar en cualquier tipo de heridas. Tal vez en su beneficio pueda argumentarse que cada personaje tiene sus razones y nadie la verdad o la culpa absoluta pero, sinceramente, como espectador, me resulta absolutamente indiferente. Probablemente la habría sufrido menos si me interesara volver a ver, por enésima vez, una reunión familiar donde afloran los conflictos soterrados y donde se convierte en espectáculo hacerse trizas y desocultar las hipocresías que se esconden tras el amor de la familia; o si encontrara alguna satisfacción en el acto de reconocer a los personajes por su capacidad imitativa y valorara el poder decir: «Es verdad, son tal cual! Lo mismo que una familia que conozco!». Desgraciadamente, mi disfrute por reconocer en la pantalla a unos personajes que me recuerdan a no sé quien, se saturó tras muchos años de teatro realista, burgués y psicologista y por sus transposiciones a la pantalla cinematográfica. Seguramente fue un acto revolucionario cuando lo hizo Ibsen, pero de eso hace bastante más de un siglo.
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Sieranevada (2016), de Cristi Puiu.
Por esta misma razón no he podido disfrutar de una película -en este caso sí- tan bien construida y tan bien modelada como Sieranevada (2016), del rumano Cristi Puiu. Una película que, salvo algún pequeño paréntesis, encierra a una extensa familia en un pequeño apartamento de Bucarest y durante 175 minutos va desgranando una serie de encuentros y desencuentros donde se entrelazan conflictos familiares, sociales e históricos. El trabajo de Puiu es un auténtico tour de force, fundamentado en un extenso grupo de actores que están magníficos y en una puesta en escena basada en largos planos que entrelazan situaciones en un constante abrir y cerrar de puertas por donde surgen, se desarrollan y en la mayoría de casos quedan en suspenso un sinfín de conflictos, porque esencialmente la película busca desocultar y poner de manifiesto el estado de degradación familiar y social en el que vive la clase media rumana. Es pues una nueva propuesta fundamentada en la mimesis y el reconocimiento de la cotidianidad que funciona como radiografía de un tiempo y de un lugar, pero que no proporciona ninguna luz, ningún conocimiento que no podamos extraer de nuestra observación y de las informaciones proporcionadas por los medios de comunicación. Personalmente no me compensa el argumento a favor del valor de su puesta en escena o de su trabajo actoral. Y si es cierto, como dejó escrito Aristóteles en los orígenes, que el hombre disfruta imitando y viendo como imitan los demás, soy del parecer que esa es una vía saturada, insuficiente y sólo conduce a un círculo vicioso donde el medio se convierte en fin y la experiencia se acaba agotando en el propio acto de reconocimiento. Así al menos me pasa a mí, aunque es probable que tenga alguna disfunción en algún órgano perceptivo.
En cualquier caso, el cine rumano sigue dando muestras de un talento muy por encima de la media europea y la otra película que pude ver de ese país Câini (2016), opera prima de Bogdan Miricâ presentada en “Un Certain Regard” de Cannes, ahonda en esa imagen de abandono y descomposición, tanto en lo humano como en sus construcciones y sigue regodeándose, como buena parte del cine rumano, en todo lo cutre. Câini sitúa la acción en una aldea de los confines, donde impera un estado de violencia latente que acaba emergiendo de forma seca y descarnada, y sobre la que se proyectan un sinfín de fantasmas y lacras del pasado.
Otra cinematografía que en estos últimos años (y hablo de un par o tres) está generando una marca de país, aunque sus logros estén lejos de los rumanos, es la islandesa. Este año se han estrenado comercialmente dos largometrajes (Rams. El valle de los carneros (2015) y Sparrow. Gorriones (2015) y en Sevilla se ha presentado a competición Hearstone (2016) de Gudmundur Arnar Gudmundsson. Es obviamente chocante que un país tan pequeño produzca y encima estrene en España tal cantidad de películas. En ésta se cuenta una historia muchas veces explicada, en torno al descubrimiento de la sexualidad y la atracción entre dos adolescentes y los conflictos que ello conlleva. Pero si algún interés tiene la película es ver la imagen que construye del país, muy similar a la de las otras dos. Las tres discurren en ambientes rurales, con una naturaleza poderosísima y a falta de otra posibilidad, rodadas en verano. El trato entre las personas es brusco y violento. Todas las familias parecen desestructuradas. El sexo -muy presente- más que algo gozoso, es vulgar, desagradable, sin ningún tipo de encanto ni sutileza; supongo que es lógico, ya que todo el mundo parece tener como castigo vivir ahí. Al salir de Hearstone me preguntaba si sería mejor vivir en Islandia o en Rumanía, o como mínimo en los países que nos dibujan estas películas. Aún no me he decidido.
PALMARÉS
Giraldillo de oro:
Ma Loute, de Bruno Dumont
Premio Especial del Jurado:
Mimosas, de Oliver Laxe
Premio Mejor Dirección:
Rester Vertical, de Alain Guiraudie
Premio Mejor Guión:
Le fils de Joseph, de Eugène Green
Premio Mejor Actor:
Victor Ezenfis
Premio Mejor Actriz:
Raph
Del resto de películas destacar tres procedentes de la sección “Nuevas Olas”. La película de Rita Azevedo Gomes Correspondências (2016) está, como tanto cine portugués, basada en la palabra dicha, en estae caso construida en torno al intercambio de cartas que a lo largo de veinte años (1959-1978) mantuvieron los poetas Jorge de Sena y Sophia de Mello Breyner Andresen. Un prodigio de libertad, de riqueza de matices, multiplicidad de capas, texturas y de una delicada densidad. Película que difícilmente veremos en una sala cinematográfica, y que celebra la amistad y el cine entendido como una fusión de experiencias, de caminos cruzados y de memoria colectiva.
Otra película impactante por su imagen, aunque probablemente aparezca demasiado satisfecha y autoconsciente de su impacto es Homo Sapiens (2016) del austríaco Nikolaus Geyrhalter. Película sin figura ni voz humana, que retrata los lugares que los humanos han abandonado, en algunos casos precipitadamente, y que la naturaleza ha ido reconquistando. En cualquier caso una experiencia poderosa y desasosegante.
Y finalmente, la nueva propuesta de Ramón Lluís Bande: Vida vaquera (2016), que sigue con su impecable y riguroso trabajo de resistencia (al que nos referíamos en el número 341 de esta revista) para que el pasado no caiga en el olvido. Si en sus dos películas anteriores rastreaba los espacios y las palabras de los maquis muertos por las fuerzas franquistas, en esta última evoca una forma de vida que a pesar de su leve pervivencia, ha mutado definitivamente: la de los vaqueros de altura en las montañas asturianas. La película evoca, en su prólogo con fotografías y en su epílogo con la palabra, la vida de estas gentes que pasaban buena parte del año al margen de la sociedad, aislados en las montañas y cargando con el recelo del resto de la población. En su parte central acompaña a alguno de los vaqueros en su ciclo anual, antes de que se extinga, definitivamente, esa forma de vida.
Este artículo se publicó originalmente en la revista impresa El Viejo Topo número 347 de este mes de diciembre.