
Con un tono vibrante y sin miedo a plantear una discusión llena de implicaciones, «Los caballeros blancos» se adentra con inteligencia y disección clínica en una historia, inspirada por el caso de una ONG que intentó sacar niños del Chad, donde moralidad y realidad chocan sobre el terreno.
Al inicio de la película, un rápido texto indica que «Los caballeros blancos» está basada en hechos reales. Una matización que se puede perder con la traducción es la indicación de que está «ligeramente» basada. Cierto es que el escenario presenta muchas similitudes con un caso ocurrido en 2007, cuando los miembros de la ONG francesa llamada «El Arca de Zoé», junto con los integrantes de una tripulación de vuelo española, fueron detenidos al intentar extraer ilegalmente a 103 niños del Chad. Los niños iban a ser adoptados en Europa y la organización que rodeó el procedimiento para encontrar estos niños, asegurar su procedencia y la inexistencia de familiares, así como la intención de sacarlos del país, estuvieron impregnadas de secretismo, mentiras y opacidad. Los miembros de la ONG fueron juzgados y condenados por tráfico de menores en el Chad aunque, finalmente, tras las gestiones diplomáticas del gobierno de Sarkozy, se les concedió un indulto a todos ellos.
La película que dirige Joachim Lafosse utiliza este suceso que movilizó a la diplomacia francesa y española para crear un relato mucho más complejo y moralmente ambiguo, puesto que minimiza la existencia de familiares de estos niños captados para la adopción y enfatiza la voluntad salvadora de los miembros de la ONG. Es una diferencia significativa, ya que elimina la posible motivación económica de los voluntarios franceses y, aunque en la película los miembros de esta ONG son conscientes de que pueden estar cometiendo errores, intentan asegurarse con los medios a su alcance de que los niños son realmente huérfanos o que los padres mismos acceden voluntariamente a entregárselos hasta la mayoría de edad. Lo que nunca dicen es que van a sacarlos del país y darlos en adopción, arrancarlos de su realidad y reubicarlos gracias a sobornos, mentiras, engaños y sin seguir ningún código ético o legal más que una emocionalidad ciega.
Gran parte del desarrollo narrativo se centra en los problemas logísticos y humanos que se encuentran sobre el terreno; una mirada a la dureza de las condiciones, a los nivel de estrés y a la implicación personal existente en las ONG durante sus misiones. Sin embargo, desde el principio del filme, se percibe que hay algo turbio en las formas de proceder de la ONG encabezada por Jacques Arnault, interpretado por Vincent Lindon. Con esta sombra, «Los caballeros blancos» somete la acción a su diálogo, ya que hay una constante intercomunicación entre los personajes y con el espectador. Los protagonistas de la película conversan, exponen y discuten sobre lo que están haciendo y, sobre todo, construyen de manera perfecta mediante discurso y argumentaciones preguntas de enorme calado dirigidas tanto hacia ellos mismos como contra la mirada inicialmente imparcial de quien les ve desde el patio de butacas.
Los miembros de esta ONG no sufren de un caso de buenismo bienintencionado, el cual ha provocado que su corazón no les deje ver las implicaciones morales de sus acciones, pero tampoco padecen de un caso de moralina desarraigada permitiendo que aquello considerado como correcto desde la comodidad y el confort de Francia obstaculice un resultado que, sobre el terreno, supone como mínimo oxigeno sino salvación para un grupo de niños. Así la película formula su gran pregunta sobre una ambivalencia que se mueve peligrosamente en entre el relativismo basado en circunstancias particulares y una visión basada en la superioridad moral eurocéntrica. Es una pregunta que lanza al espectador y que, impasiblemente, culmina cerrando el signo de interrogación con un final resolutivo narrativamente pero no emocionalmente. Se podría resumir burdamente como un cuestionamiento de la vieja frase de si el fin justifica los medios, pero hay mucho más. La conclusión de la película es una continuación de este interrogante, dejando que el espectador se pregunte en qué lugar quedan finalmente los sujetos más débiles de este conflicto, las víctimas del fuego cruzado entre nuestras emociones, nuestra moralidad y nuestra racionalidad, en este caso los niños.
Pero, a lo largo de su metraje, la película no ha dejado de cuestionar en casi cada una de sus escenas, a veces lateralmente, otras veces ramificando su tema central. Una de las preguntas más importantes y a la vez controvertidas es el papel de las parejas en Francia que esperan a los niños en adopción. ¿Cuál es su motivación y cuáles son las consecuencias morales? Saben que los niños pueden tener familias en sus países de orígenes, ¿les mueve un sentido de altruismo o es en realidad un egoísmo enmascarado? Una vez más, ¿dónde quedan los niños? Otra pregunta relevante y muchas veces silenciada, ¿hasta qué punto se silencian los intereses económicos y la corrupción de la ONU?
No existe respuesta categórica a ninguna de las cuestiones que plantea el filme, al menos no en el momento en el que uno abandona la sala de proyección. Su peso no se desvanece a la ligera y uno ha sentido la gravedad de su carga especialmente a través del actor Vincent Lindon («La ley del mercado», «Welcome»), uno de los mejores intérpretes franceses actuales, capaz de aunar intensidad y sutileza con un naturalismo excepcional. Su presencia en casi cada plano ancla la película dentro del fango moral en el que se mueve, y se encuentra acompañado por un sólido elenco.
El realizador Joachim Lafosse, con una perfecta y fría cámara casi documental, vuelve a indagar con bisturí en la sociedad occidental tal y como hizo en «Propiedad privada» y «Perder la razón». Inteligencia, cuestionamiento y un impresionante sentido del ritmo irrumpen en pantalla. Si, como el propio director expresa, la película busca «desenmascarar al héroe» y arrojar luz sobre lo que llama «la dictadura de la emoción» para hacer el bien, la cual da derecho a pensar por los demás y a intervenir impunemente, también ofrece el argumento contrario con unos niños abandonados en la cuneta de una carretera desértica y rodeados de soldados armados. Ahí quedan los niños, diría el protagonista de «Los caballeros blancos».
Ficha técnica:
Dirección: Joachim Lafosse.
Intérpretes: Vincent Lindon, Louise Bourgoin y Valérie Donzelli.
Año: 2015.
Duración: 112 min.
Idioma original: Francés.