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Viena: La ciudad de los prodigios
A finales del siglo XIX Austria era un país extraño, un Imperio fuera del tiempo unido por la dinastía de los Habsburgo. Era la “Kakania” de El hombre sin atributos de Musil: “Era kaiserlich-königlich (imperial-real) y era kaiserlich und königlich (imperial y real) para toda cosa y persona; se requería empero un saber esotérico para estar seguro al distinguir cuáles eran las instituciones y personas a las que se refería el k.k. y cuáles a las que se refería el k. und k. En los papeles se llamaba la Monarquía Austro-Húngara; en las conversaciones se llamaba ‘Austria’ –es decir, se la conocía por un nombre al que, en cuanto Estado, había renunciado bajo juramento en tanto que lo conservaba en todos los asuntos del sentimiento, como signo de que los sentimientos son al menos tan importantes como las leyes constitucionales, y que las ordenanzas no son las cosas realmente serias de la vida. Por su constitución era liberal, pero su sistema de gobierno era clerical. El sistema de gobierno era clerical, pero liberal era la actitud general de cara a la vida. Ante la ley todos los ciudadanos eran iguales: no todo el mundo, por supuesto, era ciudadano. Había un Parlamento que hizo un uso tan fuerte de su libertad que habitualmente se le tenía cerrado; pero había también un Acta de Poderes de Emergencia, por medio de la cual se podía disponer sin Parlamento. Y cuando todo el mundo comenzaba a alegrarse del absolutismo, la Corona decretaba que debía retornar de nuevo al gobierno parlamentario”. Mas dentro de ese Imperio que parecía sobrevivirse a sí mismo ya sin convicción, estaba Viena, una ciudad llena de contradicciones y de desequilibrios, pero una ciudad fascinante que dio cobijo, durante algunos años, a algunas de las figuras más relevantes de su época. Fue, de algún modo, la nueva Atenas. “¡Ah Viena, ciudad de ensueños! ¡No hay lugar como Viena!” se burlaba a medias el propio Musil, pero Kraus, el más agudo de sus críticos sociales, el más tenaz e influyente, lo tenía muy claro: Viena era “el campo de pruebas de la destrucción del mundo”.
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Karl Kraus, azote de los periódicos.
En ella los burgueses pretendían ser aristócratas, y los aristócratas buscaban, sencillamente, no extinguirse. Era la ciudad de la soberbia Ringstrasse, de los paseos en carruaje por el Prater mostrando la opulencia y el lujo, y era la Viena de la miseria de los suburbios, de la falta de trabajo y la degradación; era la Viena del kitsch que predicaba la fidelidad marital y abominaba de los males de la promiscuidad, y también la ciudad del adulterio, la prostitución y la sífilis. La ciudad de la apariencia y la hipocresía. Stefan Zweig habla a menudo de la prostitución como de una especie de cueva subterránea que minaba los cimientos de la sociedad en que vivía. Y Kraus dedicó no pocos esfuerzos a desenmascarar lo que ocultaba de cinismo y mala fe. Si Zweig reconocía que previamente a un matrimonio tardío, pues los jóvenes habían de adquirir una posición social respetable y acomodada, o tras él, ya que el matrimonio era simplemente una mera transacción comercial en la que a menudo poco o nada tenían que ver los sentimientos de los contrayentes, la prostitución jugaba un papel social relevante, inmoral a todas luces, pero necesario, Kraus iba mucho más allá. Era una institución ilegal pero protegida –a determinado precio, como es lógico– por la policía, mientras las prostitutas estaban sometidas a enfermedades y a merced de alcahuetes y madamas. Y Kraus vio en ello no sólo algo éticamente intolerable, sino un síntoma claro de la duplicidad de la “normal” moralidad burguesa judeo-cristiana. Por ello se puso del lado de las meretrices, a las que consideraba más heroicas que a los soldados. Si los soldados servían al orden social existente sufriendo por ello penalidades, enfermedades y en ocasiones la muerte, las prostitutas hacían lo mismo pero a esos agravios se sumaban el desprecio social y los castigos penales. “A ojos de Kraus, la acción legal que se hacía contra una prostituta señalaba la transición que va de la inmoralidad privada, por parte de sus hipócritas acusadores, a la inmoralidad pública, por parte de las hipócritas leyes contrarias a la prostitución”. Por todo ello en ensayos como “Moralidad y criminalidad” el satírico austriaco despotricó con razón contra el sistema legal y defendió no sólo a las prostitutas sino a esa otra minoría aún más perseguida: la de los homosexuales. Los comportamientos sexuales privados habían de ser asuntos que sólo concernían a quienes los practicaban, mientras que a quienes había que llamar pervertidos era a la policía y a los murmuradores que se dedicaban a husmear las braguetas ajenas. Signo de esa mojigatería vienesa era que a las queridas se les demandasen conductas que a las esposas estaban vedadas alentando así en privado lo que legal y socialmente estaba prohibido y se consideraba intolerable. Mas Kraus era una excepción, en casi todos los sentidos. Viena, como veremos más adelante, pensaba de otra forma.
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La mirada roja. Arnold Schönberg
Sin embargo, o quizá por ello mismo, en esa Viena hipócrita, conservadora y cínica surgió un mundo nuevo, un mundo en el que, de alguna forma, aún vivimos. Pues, se preguntan Janik y Toulmin, “¿Fue solamente una coincidencia que los orígenes de la música dodecafónica, de la arquitectura ‘moderna’, del positivismo legal y lógico, de la pintura no figurativa y del psicoanálisis –sin mencionar la reviviscencia del interés por Schopenhauer y Kierkegaard– tuviesen lugar simultáneamente y estuviesen concentrados, en tan gran medida, en Viena? ¿Fue meramente un hecho biográfico curioso que el joven director de orquesta Bruno Walter acompañase regularmente a Gustav Mahler a la mansión vienesa de la familia Wittgenstein, y que hubiesen descubierto en sus conversaciones que tenían un interés común por la filosofía kantiana, lo cual indujo a Mahler a regalar a Walter en las Navidades de 1894 una colección de las obras de Schopenhauer? ¿Y no fue más que una consecuencia particular de la versatilidad de Arnold Schönberg que produjese una sorprendente serie de pinturas y de ensayos altamente notables desde la cima de sus actividades revolucionarias como compositor y teórico de la música? Eso puede parecer, hasta que vemos a Schönberg regalando un ejemplar de su gran libro de texto musical, Harmonielehre (Tratado de Armonía), al periodista y escritor Karl Kraus, con la dedicatoria: ‘He aprendido de usted más, quizá, de lo que alguien debiera aprender de otro si pretende permanecer independiente’”. Y efectivamente parece ser que no, que no fue mera coincidencia, que no fue una casualidad, que en Viena, que en la Viena en la que vive Alma Mahler se estaba fraguando, sencillamente, una nueva modernidad.
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Alma Mahler
Alma nació en Viena el 31 de agosto 1879, hija de Anna Bergen y Emil Schindler. Como no disponían de una cama adecuada acostaron a la niña en un cajón en el que habían colocado su lencería más fina. Sólo unos días más tarde el célebre y extravagante pintor Makart les regaló una cuna de madera con un cojín de plumón y unas sábanas de satén rosa. Alma conservaría esa cuna durante toda su vida y en ella guardaría sus libros y partituras favoritas. Al año siguiente, fruto al parecer de una relación extraconyugal de Anna, nacería su hermana Grete. Alma la despreció siempre por su origen y jamás se interesó por ella, ni siquiera cuando, en torno a 1940, catalogada como indeseable por los nazis, “desapareció”. Jacob Emil Schindler fue un pintor de paisajes escasamente dotado para la vida cotidiana. La madre procedía de la modesta burguesía de Hamburgo y para Alma estrechó las amplias posibilidades de su padre, al que siempre atribuyó falsos antecedentes aristocráticos. Nunca aceptó a su madre, a pesar de lo mucho que más adelante la ayudaría, y dedicó a su padre su admiración y afecto.
Gracias en gran medida a la protección de Makart, Schindler afianzó su posición en el mercado del arte y pudo ofrecer ciertas mejoras a su familia. Residieron en el castillo de Plankenberg donde Alma construyó una especie de mundo idílico a su medida, un universo romántico en el que el arte era el valor supremo y que le acompañó durante toda su vida. En ella lo personal jamás transcendió a lo social, ni el arte a la política. Sus referencias a ésta, además de escasas, son desoladoramente primarias. Su vida era la música, el arte, los genios, el “modelo heroico” que percibía en su padre y que buscaría siempre. En 1892 Schindler moría, debido en parte a una desgraciada “broma” del príncipe Leopoldo que exacerbó los males del pintor, y el edificio en el que Alma estaba instalada comenzó a resquebrajarse. Fue Carl Moll el encargado de dar a las huérfanas la noticia: “niñas, ya no tenéis padre”. Moll era un discípulo incondicional de Schindler, hasta el punto de apenas separarse de él y acompañar a la familia en los viajes, pero nunca gozó del afecto de Alma, y menos aún cuando cinco años después de la muerte de su padre el discípulo ocupaba su puesto casándose con Anna. Si el mundo de Alma parecía comenzar a transformarse, el Imperio Austro-Húngaro aún parecía gozar de buena salud. “¡Qué apacibles aquellos tiempos! –escribe Zweig–.
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Stefan Zweig
Tuvo más suerte la generación de mis padres y abuelos, que llevó una vida tranquila, llana y clara de principio a fin. Sin embargo, no sé si los envidio por ello. Porque ¡cómo vegetaban lejos de todas las amarguras verdaderas, de las perfidias y fuerzas del destino! ¡Cómo vivían al margen de todas las crisis y problemas que oprimen el corazón, pero a la vez lo ensanchan! Ovillados en la seguridad, las posesiones y las comodidades, ¡cuán poco sabían que la vida también puede ser exceso y emoción, que puede sacar de quicio a cualquiera y hacerle sentirse eternamente sorprendido!; ¡cuán poco se imaginaban desde su liberalismo y optimismo conmovedores, que cada nuevo día que amanece ante la ventana puede hacer trizas nuestra vida!”. Aunque para Zweig y su generación, para Alma Mahler y sus contemporáneos, las cosas llegaran a ser distintas: “Ni siquiera en sus noches más negras podían soñar hasta qué punto puede ser peligroso el hombre, pero tampoco cuánta fuerza tiene para vencer peligros y superar pruebas. Nosotros, perseguidos a través de todos los rápidos de la vida, nosotros, arrancados de todas las raíces que nos unen a los nuestros, nosotros, que siempre empezamos de nuevo cuando nos empujan hacia un final, nosotros, víctimas y, sin embargo, también servidores voluntarios de fuerzas místicas desconocidas, nosotros, para quienes el bienestar se ha convertido en una leyenda y la seguridad en un sueño infantil, hemos sentido la tensión de un polo a otro y el escalofrío de las cosas eternamente nuevas hasta la última fibra de nuestro ser […] Por eso cada uno de nosotros, hasta el más insignificante de nuestra generación, sabe hoy en día mil veces más de las realidades de la vida que los más sabios de nuestros antepasados”. Y concluye el escritor: “Pero nada nos fue regalado: hemos tenido que pagar por ello su precio total y real”.
Pero ni Zweig ni casi ninguno de ellos en aquellos momentos tenían las cosas tan claras. Es cierto que en 1889 Rodolfo, el príncipe heredero, se había suicidado, señalando para Alma el comienzo del ocaso de la casa de los Habsburgo, pero la vida continuaba con normalidad aparente. Viena se había rediseñado por completo, había dejado de ser una ciudad amurallada y ahora su majestuosidad revelaba el maridaje entre una aristocracia reacia a abandonar sus privilegios y una pujante burguesía decidida a ocupar su puesto. Los caballos dejaban paso al tráfico a motor y los relinchos eran sustituidos por las bocinas. Si José II, heredero de María Teresa, reforzó su política y decidió que el imperio “era alemán”, aquello no satisfizo precisamente a todo el mundo y traería consecuencias. En el Imperio vivían rutenos, serbios, croatas, húngaros, eslovenos, polacos, checos, magiares, eslovacos, transilvanos, rumanos e italianos que tenían ideas propias acerca de su identidad y de su lengua. En 1898 Mark Twain informaba acerca de todo ello en un artículo para Harper’s New Monthly. La excusa era una patética sesión parlamentaria en la misma Viena. Los diputados se insultaron y gritaron desoyendo a la presidencia hasta que entró la policía y detuvo a los más recalcitrantes. Twain escribía que los 425 miembros del Parlamento representaban once idiomas, lo que equivalía a “once variedades distintas de celos, hostilidades e intereses en conflicto”, y que representaban a numerosos partidos que procedían de situaciones muy diversas. Sobre los hombres escribía: “son religiosos, severos, sinceros, devotos, y odian a los judíos”. Por ello no es extraño que las revoluciones de 1848 adquirieran unas características propias en tierras de los Habsburgo. El mariscal de campo príncipe Windischgrätz acabó con cualquier tipo de disidencia con un expeditivo método: disparar contra todo el que osara provocarlas. Impuso la ley marcial en Viena y restableció el viejo orden. Aunque Windischgrätz no llegó a los extremos que años después, en 1871, se llegarían en París. A comienzos de año, tras la derrota de las tropas francesas en Sedan frente a los prusianos y del asedio de París, el gobierno se reunió en Versalles con carácter de urgencia y firmó la paz. En febrero las elecciones otorgaron la mayoría a los monárquicos, mas los radicales, temiendo la vuelta al régimen anterior se negaron a acatar el resultado. Así socialistas, patriotas que rechazaban la humillante paz firmada y populistas tomaron París en marzo y establecieron la Comuna, un prodigioso paréntesis que duró hasta el 28 de mayo. Después llegó la venganza. Los soldados dispararon contra cientos de personas indefensas, mataron a bayonetazos a mujeres y niños y mandaron a Versalles a miles de prisioneros. Los ejecutaron sin juicio previo y por razones tan sólidas como llevar un reloj, tener el pelo blanco o desagradar al marqués de Gallifet. Más de 20.000 parisinos fueron así asesinados legalmente en la “semana sangrienta”, y unos 30.000 más fueron ejecutados en los días posteriores. En total, entre asesinados y deportados a Nueva Caledonia –una especie de ejecución diferida– unas 100.000 personas perdieron la vida en aquellos meses: monárquicos y burgueses habían, también, restablecido el orden en París.
En el Imperio, el año 1848, seis semanas después de la capitulación de Viena, el emperador Francisco Fernando, decrépito y poco lúcido, fue convencido para que abdicara en el joven Francisco José, su sobrino de 18 años, quien el 2 de diciembre vistió el manto del sacro imperio heredado de Carlomagno, y lo hizo durante sesenta y ocho años. Recibía un mandato divino y tenía poder absoluto. En algún momento de su gobierno hubo de transigir con ciertas dosis de liberalismo y ceder a las presiones nacionalistas, como en 1867, cuando permitió la creación de un estado soberano separado, Austria-Hungría (Austria no recibiría tal nombre hasta 1915), y Viena era el centro de todo aquello, el punto de inflexión de todas las culturas y nacionalidades que componían ese mosaico: su crisol. Pero los problemas seguían sin solucionarse. Ni las clases medias ni los liberales tuvieron nunca una presencia y poder efectivos en la política del régimen y su lugar iba a ser ocupado por fuerzas centrífugas que espoleadas por los nacionalismos harían desintegrarse al Imperio. En 1873 el crash de la bolsa arruinó a mucha gente, pero no a Makart, que seguiría siendo el espejo artístico en el que se reflejaban buena parte de los vieneses, al menos de los acomodados. Viena seguía siendo la ciudad de la apariencia, aunque antes del estallido de la Primera Guerra Mundial el caso Redl “abrió” la puerta del excusado”. Si Zweig cuenta que él y sus amigos pasaban por alto las noticias sobre la guerra de los boers, la ruso-japonesa y las crisis de los Balcanes cuando leían la prensa, ocupados tan sólo en descubrir las referencias culturales, convencidos de la estabilidad de su mundo, el descubrimiento del caso Redl los dejó estupefactos.
Fuente: Primeras páginas del Capítulo 1º del libro de A. García Vila Alma Mahler. El fin de una época.
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