El Movimento dos Trabalhadores rurais Sem Terra (MST) es uno de los movimientos sociales más importantes y combativos de Brasil, y de toda América Latina, en el que se miran la mayoría de movimientos campesinos del continente.
En este 2014 se cumplen 30 años de su existencia. Treinta años ocupando tierras, organizando campamentos, legalizando ocupaciones, construyendo asentamientos; 30 años organizando la producción, promoviendo cooperativas, construyendo viviendas y potenciando la educación; 30 años formando a sus maestras y maestros en una pedagogía propia inspirada en Paulo Freire, ligada a la lucha por la tierra, la historia de los asentamientos y el respeto por la naturaleza; 30 años formando técnicamente a sus jóvenes y políticamente a sus militantes; 30 años luchando por la tierra, la reforma agraria y el socialismo; 30 años de luchas, victorias, derrotas, muertes y presos; pero ahí siguen, con el mismo ímpetu, el mismo entusiasmo, sin haber claudicado, sin haber abandonado sus principios ni sus ideales.
Treinta años que han acumulado más de un millón y medio de personas que viven, trabajan, se educan y tienen una vida digna en tierras ocupadas por su organización; 30 años que han servido para tender puentes con otros movimientos campesinos, conformando la CLOC y la Vía Campesina y practicando la solidaridad con brigadas en Haití, Paraguay, Mozambique, Cuba… construyendo escuelas agroecológicas y ayudando a organizar los movimientos campesinos.
Con todo este bagaje acumulado, entre el 10 y el 14 de febrero el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) realizó su VI Congreso Nacional bajo el lema: Luchas. Construir la Reforma Agraria Popular, con 15 mil delegados y 230 asistentes internacionales procedentes de 28 países.
La organización
Quince mil militantes llegaron de todos los estados del Brasil, después de pasar 10, 20 o 30 horas en buses cargados con hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos junto a cocinas, colchones, carpas, arroz, frijoles y comida suficiente para alimentarse durante los 4 días de Congreso.
Organizados por estados, cada autobús traía ya todas las tareas adjudicadas: infraestructura, cocina, mística, limpieza, cuidados de los más chicos, salud, etc. etc. Y en una tarde convirtieron una gran explanada desierta en una mini-ciudad, limpia, alegre, transitada, reivindicativa y organizada: una cocina para cada estado, donde, en fila y con el plato en la mano desayunaron, comieron y cenaron los miles de participantes; una zona para dormir, con carpas o simples colchones; otra zona para «los barracas» donde cada región exponía, vendía y ofrecía los productos de sus asentamientos: café, maíz, fruta, yogures, quesos, mermeladas, cachaza, artesanía… y un pequeño escenario, con grandes equipos de música, donde cantaban y bailaban después de la cena hasta la medianoche, cuando estaba acordado que todo quedara en silencio.
Un sector para los sanitarios, las duchas y unas grandes hileras con estructuras de madera donde cada uno lavaba su plato, sus cubiertos, sus dientes… Y una gran guardería, con 500 niños y niñas al cuidado de 300 jóvenes voluntarios, que permitía a las madres y padres asistir a los actos del Congreso.
La rapidez y el orden en montar y desmontar esta mini-ciudad son solo una muestra de la capacidad de este movimiento, y de todas las personas que lo conforman, de auto-organización, responsabilidad y trabajo colectivo, señas de identidad de este movimiento.
Las tierras improductivas de los latifundios ahora también son pretendidas y disputadas por el agronegocio.
La mística
La “mística” es otra de las señas de identidad del MST. Consiste en una mezcla de teatro, performance y ritual, en donde lo simbólico y lo emocional sirven de base para expresar su lucha, sus conquistas y sus propuestas. Su idea es que “la lucha no se hace sólo con la cabeza sino también con el corazón”, la lucha tiene que “poner en marcha los pies, pero también las emociones”. Cantos, consignas, banderas, bailes, escenificaciones… forman parte de estas místicas.
Este aprendizaje, que empieza cuando se ocupa la tierra, se realiza en la escuela y se practica cotidianamente en sus campamentos y asentamientos, da como resultado una comunidad llena de creatividad, en la que todos y todas parecen ser artistas.
Antes del inicio de cada sesión del Congreso tenía lugar una de estas “místicas”, organizada por un estado o por un sector: las mujeres, los jóvenes, las criaturas… reuniendo en la parte central del gran gimnasio, en donde se celebraban las sesiones del Congreso, a cientos de militantes que, con cantos, colores, telas, cartones, mimo y música, representaban los temas relacionados con los contenidos del Congreso, con su historia, su lucha, su represión, sus denuncias, sus sueños y sus demandas. Coreografías de una gran belleza, emocionantes, expresivas y llenas de creatividad, en la que la participación y el trabajo en grupo eran las herramientas que lo hacían posible.
Los contenidos: análisis de la situación actual
No todo era mística. Cada mañana y cada tarde se llevaba a cabo un plenario en el que tomaban la palabra representantes de los distintos estados, de los distintos sectores (educación, mujeres, jóvenes…) y de algunos de sus dirigentes. Así como representantes de otros movimientos sociales, del campo y de la ciudad, junto a políticos (amigos), obispos y artistas.
Durante los últimos dos años los sin tierra debatieron su situación a treinta años de creado el movimiento, detectaron los principales problemas que enfrentan y trazaron líneas de acción para superarlos. Edgar Jorge Kolling, pedagogo y miembro del sector de educación del movimiento, destaca en un trabajo preparatorio del congreso titulado “Reinventar el MST para que siga siendo el MST”, que “nuestro movimiento experimenta una de las mayores encrucijadas de su historia: la reforma agraria está bloqueada” (MST, 21 de octubre de 2013). Efectivamente, este 2013 fue el año en que menos asentamientos pudieron crear.1
Desde 1984 hasta mediados de los noventa, la Reforma Agraria se ceñía a un modelo tradicional de reparto de la tierra, en la que el objetivo era la conquista de las tierras improductivas, en manos de grandes latifundistas, para asentarse en ellas, producir alimentos y tener una vida digna. Pero a partir de los años ochenta el capitalismo mundial entró en una nueva fase de desarrollo hegemonizado por el capital financiero y las empresas privadas transnacionales. Esta forma dominante del capital en todo el mundo trajo cambios estructurales también en la forma de dominar la producción de mercancías agrícolas imponiéndose la producción a gran escala del monocultivo, la mecanización intensiva, la utilización cada vez mayor de fertilizantes químicos industriales y agrotóxicos y la producción destinada a la exportación en vez de cubrir las necesidades alimentarias de la población. Al mismo tiempo, las empresas transnacionales que controlan la producción de agrotóxicos pasaron también a controlar la oferta de semillas, generalmente transgénicas que, además, son patentadas como propiedad privada y cobran por su uso.
Este modelo de producción agrícola fue adoptado masivamente por las empresas capitalistas en el campo y pasó a conocerse como modelo de Agronegocio.
Con la crisis internacional del capitalismo, a partir del 2008 hubo una gran entrada de capital financiero en Brasil. Estos capitales, mayoritariamente extranjeros, fueron invertidos en la agricultura, en la apropiación privada de la propia naturaleza (tierras, agua, hidroeléctricas, minas) y también en el control de los productos agrícolas. Sólo en el período de 2008 a 2012 ingresaron en el país alrededor de 80 mil millones de dólares de capital financiero extranjero para la adquisición de bienes naturales.2
Estos empresarios, brasileños y extranjeros, priorizaron las inversiones hacia la producción de soja, maíz, caña de azúcar (fábricas para azúcar y etanol), el cultivo extensivo de eucalipto para la producción de celulosa y la producción extensiva de carne bovina. Así, las 50 mayores empresas agroindustriales pasaron a controlar prácticamente todo el comercio de los productos agrícolas del Brasil, con una gran centralización del capital que controla, al mismo tiempo, las semillas, los fertilizantes, los agroquímicos, el comercio, la industrialización de productos agrícolas y la maquinaria.
Con todo ello, en los últimos diez años hubo un proceso acelerado de concentración de la propiedad de la tierra: entre 2003 y 2010 la grandes propiedades pasaron de 95.000 a 127 000, y el área controlada por ellas pasó de 182 millones de hectáreas a 265 millones, controlando así el 85 % de las tierras. Esta expansión del monocultivo elimina la biodiversidad y trae graves consecuencias ambientales, pero, además, no distribuye renta, no genera empleo y no hace frente a las necesidades alimentarias de la población.
Esa es la razón por la que el área agrícola destinada a los alimentos disminuye todos los años. Buena parte del arroz y del frijol que constituyen el plato tradicional de los brasileños son ahora importados de México y China porque las parcelas que los producían fueron desplazadas por el agronegocio.
Este modelo de agronegocio goza, además, de la complicidad ideológica de los grandes propietarios de la tierra y los empresarios de los medios de comunicación más importantes, que lo presentan como el único y mejor proyecto posible para el campo brasileño.
Con este modelo, la burguesía, el Estado y los gobiernos han asumido plenamente la posición política de que ya no es necesaria una reforma agraria tradicional para el desarrollo de la agricultura en Brasil. Y, en consecuencia, las tierras improductivas de los latifundios, que antes se destinaban a la reforma agraria después de la presión de los campesinos, ahora también son pretendidas y disputadas por el agronegocio, por lo que resulta mucho más difícil para el Movimientos de los Sin Tierra la posibilidad de ocupar tierras y legalizar los asentamientos.
La lucha por la Reforma Agraria ha cambiado de naturaleza frente al nuevo modelo económico.
La nueva propuesta: reforma agraria popular
La lucha, pues, ha cambiado sus coordenadas: ya no se trata de los campesinos sin tierra contra los grandes terratenientes o facenderos, sino contra las grandes multinacionales del agronegocio, y lo que se confronta es todo el modelo productivo: ¿las tierras agrícolas deben destinarse a la producción de alimentos por los campesinos, o deben destinarse a la agroexportación como defiende el agronegocio?
Frente a la nueva realidad, el MST, a finales del 2011, puso en marcha un proceso colectivo de debates que fue canalizado hacia el Congreso, a través de encuentros, seminarios, cursos, reuniones de trabajo, involucrando a los miles de campesinos que conforman sus bases. El resultado es un nuevo rumbo que han etiquetado como “Reforma Agraria Popular” y que tiene como objetivo que el Movimiento “sea portador de un modelo de agricultura centrado en la producción agroecológica de alimentos, en un sistema de cooperación agrícola y asociado a pequeñas agroindustrias, que respete el medio ambiente y garantice la salud de los productores y consumidores de productos agrícolas, y a la vez que contribuya en la conquista de la soberanía alimentaria del país”.2
Ya no se trata ahora solamente de tener tierra, sino de producir con una nueva matriz tecnológica: la agro-ecología, producir alimentos saludables para alimentar a la población. Así pues, la lucha por la Reforma Agraria ha cambiado de naturaleza frente al nuevo modelo económico. Ahora la lucha por la reforma agraria se transformó en una lucha de clases, contra el modelo del capital para la agricultura. Y de ahí el nuevo modelo “Popular” de reforma agraria: “frente al poder del agronegocio, es necesario construir alianzas entre todos los movimientos campesinos, con la clase trabajadora urbana y con otros sectores sociales interesados en cambios estructurales de carácter popular. El enfrentamiento con el capital y su modelo de agricultura parte de las disputas de las tierras y de sus recursos, pero se amplía para la disputa sobre el control de las semillas, de la agroindustria, de la tecnología, de los bienes de la naturaleza, de la biodiversidad, de las aguas y de los bosques”.2
La nueva lucha por la Reforma Agraria Popular es una estrategia de resistencia al modelo de agricultura capitalista del agronegocio y propone un proceso que tiene como objetivo la construcción de un nuevo modelo de agricultura orientado a las necesidades de todo el pueblo brasileño. Para ello es necesario consolidar este modelo productivo en todos los asentamientos del MST y construir alianzas con el resto de las fuerzas populares en torno a la soberanía alimentaria. Producciones diversificadas y agroecológicas, sumadas a las infraestructuras sociales en el campo (escuelas, rutas, puestos de saludos, espacios de ocio y entretenimiento), son la parte esencial del nuevo programa con el que el MST espera ganar aliados, en especial en las ciudades.
“No hay ya parlamentarios de partidos, sino representantes de las multinacionales”, asegura Joao Pedro Stedile
Peligros y nuevos retos
En el momento actual, el MST se enfrenta también a nuevos peligros y nuevos retos. Uno de ellos es cómo enfrentar la voluntad del Gobierno de cambiar el modelo de propiedad en los asentamientos. Durante todos estos 30 años, la tierra conquistada y legalizada pasaba a manos del estado, que la daba en usufructo a las familias que la habían ocupado. Pero a finales del año pasado el gobierno federal libró la Medida Provisoria 636, que incluye una disposición que puede acabar con las conquistas de 30 años de lucha por la tierra. Esta disposición pretende dar títulos de propiedad a los que conquistaron la tierra, con lo que sería mucho más difícil continuar con la cohesión y la organización actual de los asentamientos, que son la base del Movimiento. Este proyecto ya fue promovido hace dos décadas por el gobierno de Fernando Henrique Cardoso pero nunca se llegó a concretar.
Por otro lado emergió en Brasil un nuevo movimiento juvenil con las manifestaciones de junio de 2013, que “reinstalaron la política en las calles” y ello les lleva también a una reflexión interior sobre cómo integrar a los jóvenes y cómo aumentar la participación y la horizontalidad en el propio movimiento. “Cambien todo, giren la mesa, construyan nuevas formas, experimenten. Así nació el movimiento”, les dice un dirigente a los jóvenes.
Otro gran reto es la consolidación de los asentamientos como “modelos” de las nuevas relaciones sociales y de producción agroecológica. Pero esto es difícil, sobre todo porque incluso entre algunos de los asentados predomina una visión positiva del agronegocio, que está ganando la batalla por la tierra. Y para ello hay que intensificar la formación y la organización, sobre todo de los más jóvenes.
Finalmente, ante la nueva situación es más urgente que nunca la lucha por la transformación política. “No hay ya parlamentarios de partidos, sino representantes de las multinacionales” asegura Joao Pedro Stedile, coordinador del movimiento y principal figura pública. Incluso la campaña de Lula fue financiada por Monsanto. Y para ello han puesto en marcha, junto a otras organizaciones sociales, un movimiento para una Asamblea Constituyente que ponga las bases para cambiar las reglas políticas. Para ello se plantean celebrar un plebiscito popular antes de las próximas elecciones.
Frente a todos estos retos, LA ORGANIZACIÓN, LA LUCHA Y LA EDUCACIÓN son sus armas más potentes. Con ellas el MST confía construir el nuevo futuro. Y para ello nos invita a todas y todos, los campesinos sin tierra, los obreros de las ciudades, las mujeres, los jóvenes… de Brasil y del mundo entero a librar esta batalla contra el capital, contra la desigualdad, contra el expolio de la naturaleza, por la justicia social y por la soberanía alimentaria.
Notas
- Brasil Sexto Congreso Sin Tierra: Reinventar el movimiento, de Raúl Zibechi. 20 febrero 2014. http://redlatinasinfronteras.wordpress.com/
- Programa Agrário del MST. VI Congreso nacional. Febrero 2014