Cuando en la mañana del lunes 30 de agosto supe de la muerte de Oliver Sacks, pensé inmediatamente en dos grandes pensadores que nos han dejado también en estos últimos años, en Stephen Jay Gould y en Francisco Fernández Buey. El primero reunía ese atributo de Sacks al que ha hecho referencia Javier Sampedro: era también un científico de letras, un gran científico y un enorme escritor, un sólido científico humanista, un pensador del que seguimos aprendiendo. El segundo, el autor de Para la tercera cultura, admiraba a ambos y hablaba de ellos con la pasión que nos despiertan las personas que admiramos y amamos profundamente sin conocerles… O conociéndolos, por supuesto.
En febrero de 2015 Sacks, nacido en Londres en 1933, donde sufrió los bombardeos nazis durante la II Guerra Mundial, anunció en un artículo que padecía cáncer terminal. El pasado domingo 30 de agosto falleció en Nueva York, a los 82 años. Se editarán en breve sus memorias. Es imposible elegir entre sus libros. Todos ellos nos han enseñado, ninguno de ellos merece habitar en el olvido. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; Veo una voz (Viaje al mundo de los sordos); Un antropólogo en Marte; Con una sola pierna o Alucinaciones. Su gran aportación, ha señalado Guillermo Altares, “es haber acercado a millones de lectores en todo el mundo a aquellos que la sociedad se empeña en tratar como diferentes y que Sacks siempre consideró iguales”. No es poco. Nos ayudó a comprender la inmensa complejidad de la mente humana, dotando la afirmación de sentido y referencia, “y nos permitió atisbar la forma en que se enfrentan al mundo todos aquellos que demasiadas veces preferimos ignorar”. Repito: demasiadas veces. Altares recuerda un fragmento del obituario que le ha dedicado The New York Times: “recibía unas 10.000 cartas al año, pero respondía siempre a los menores de 10 años, a los mayores de 90 y a aquellos que estaban en la cárcel”
Los lectores de Sacks sentimos una pena profunda, ha dicho Sampedro, “la pena del huérfano al perder a su padre intelectual, pero esperamos que Sacks no nos deje solos, que alguien, en alguna parte, se sienta motivado a recoger la antorcha y nos siga contando historias, como pedía Crick”. Que así sea.
En su carta de febrero de 2015 a la que hacía antes referencia, Sacks nos hablaba en estos términos:
“Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.”
Daba gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad “desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte” y hacía referencia a continuación, cómo no, al buen Hume:
“Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida. “Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”. ¡La misma pasión de siempre!
Había tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, proseguía, “esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor”. En ese tiempo había publicado “cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera [tal vez a principios de 2016 en Anagrama en castellano]; y tengo unos cuantos libros más casi terminados. Hume continuaba: “Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.
Pero en este aspecto era distinto de Hume. “Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones. Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: ‘Es difícil’, escribió, ‘sentir más desapego por la vida del que siento ahora’.”
Proseguía señalando que en los últimos días había podido ver su vida igual que si la observara a distancia, desde una gran altura: “[…] como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada. Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento. Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto)”.
De pronto, afirmaba, se sentía centrado y clarividente. No tenía tiempo para nada que fuera superfluo: “Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global”.
No era indiferencia, en absoluto, sino distanciamiento. Seguía estando muy preocupado por “Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos”.
Tal vez nuestro maestro fuera aquí demasiado optimista. Era cada vez más consciente, desde hacía unos 10 años, “de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros”.
Cuando una persona muere, lo sabía bien, “es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano –el destino genético y neural– es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte”.
No fingía no tener miedo. Pero el sentimiento que predominaba en él era la gratitud. “He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores. Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”.
Sacks sabía muy bien también –por las desigualdades crecientes a las que él mismo aludía– que para millones y millones de seres humanos llegar a ser un ser sintiente, un ser sensible, un animal pensante en un hermoso planeta que continuamos maltratando hasta la irracionalidad y la estupidez más profunda no es un privilegio ni puede ser una aventura porque los insaciables Amos del mundo impiden que las vidas de tantos de nosotros pueden ser plenamente humanas.
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Para que sean Soledad, para que lloren con King Kong en la compañía de un texto de Pablo Sorozábal:
“Se sentó en él [en un sillón] y comenzó a hundirse lentamente con un tenue soplido de fondo. Se levantó y salió a uno de los balcones. La calle estaba desierta y gris. De pronto, sin saber por qué, se puso a recordar una tarde de domingo en que un chico la había llevado al cine Chueca a ver King Kong en programa de sesión continua y se habían visto la película tres veces seguidas y ella, Soledad, se había enamorado de King Kong con un amor dulce, profundo y loco, y había llorado cuando los aviones le ametrallaban en lo alto del rascacielos, y había sentido desprecio por aquella rubia idiota de la pantalla que no sabía amar a King Kong, y cuando se terminó la película y se encendieron las luces de la sala el chico que la había invitado al cine, al verla llorar, le había preguntado que por qué lloraba, y en vista de que ella no contestaba y seguía llorando y llorando en silencio, había hecho una seña al vendedor de patatas fritas, que en aquel momento se acercaba por el pasillo con su cesta de mimbre al brazo, y había comprado una bolsa y, volviéndose hacia Soledad, le había dicho que cogiera, y ella había cogido una patata enorme y se la había llevado a la boca, pero en ese preciso instante un río de lágrimas le había resbalado por las mejillas y había ido a despeñase contra la patata, inundándola, reblandeciéndola, y ella había tratado de esforzarse por alzar los ojos y mirar al chico y sonreírle y quererle, pero se había dado cuenta de que en realidad no le quería, de que el único ser en el mundo a quien ella quería era King Kong, y entonces los ojos se le habían llenado otra vez de lágrimas, y el chico, con un gesto torcido, de fastidio y de rabia, pero al mismo tiempo cogiéndola de la mano y acariciándola entre las suyas, había vuelto a preguntarle que por qué lloraba, y ella, con la patata en la boca, y mirándole sin verle, a media voz y como para sí, le había contestado: lloro por King Kong.”
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Don Xavier Sala i Martín publicó el 21 de septiembre de 2015 un artículo en las páginas de Opinión de El País: “Borrell y Garicano” es el título. El artículo está estructurado dos partes. La primera va de balanzas: “Josep Borrell y Luis Garicano han publicado en estas páginas sendos artículos acusando a los economistas independentistas de engañar a los ciudadanos de Catalunya con el tema de las balanzas fiscales”. No resumo, se ha contado mil veces. La tesis de XSM: “El primer error de Borrell y Garicano es que son muy rápidos a la hora de decir que quien usa el monetario engaña a los ciudadanos porque el método correcto es el de la carga-beneficio”. En economía, sostiene el autor, “cada pregunta tiene su respuesta correcta. No hay una respuesta correcta para todas las preguntas. Y lo mismo pasa con el cálculo de la balanza fiscal”.
Será eso. Lo que importa es la primera derivada de la formulación anterior: la pregunta que interesa a los colectivos independentistas, a él por ejemplo, es la siguiente: “si Catalunya fuera independiente, ¿de cuántos euros adicionales dispondría?”. La respuesta es el saldo de la balanza monetaria; es decir, los 16.000 millones. “¿Por qué? Pues porque si Catalunya se independiza, todo (repito, todo) el dinero que los catalanes paguen en impuestos se quedará en Catalunya”. Si hoy hay 16.000 millones que no se gastan en Catalunya, afirma don Xavier, “la ganancia fiscal catalana en caso de independencia sería exactamente esa cantidad. Y eso es cierto, ¡independientemente de si la base aérea de Zaragoza beneficia a los catalanes o no!”. Será eso también, aunque el mismo conseller de Economía del gobierno catalán, otro economista neoliberal distinguido, don Andreu Mas-Colell, ha hablado recientemente de unos 3.200 millones, la quinta parte de la cuantía apuntada jamás puesta en cuestión.
(Dicho sea entre paréntesis y hablando de 16 mil millones de euros. Lluís Rabell, el cabeza de lista de “Catalunya sí que es pot”, recordaba en el debate en TV3 del domingo 20 de septiembre que esa cifra, los 16 mil millones, era precisamente la cuantía del fraude fiscal en Cataluña según los inspectores de Hacienda. No hace falta indicar las clases sociales que tienen la mayor responsabilidad, con mucha diferencia, de ese fraude insolidario).
Pero no es este el punto central. Es este: Borrell y Garicano, señala don Xavier, argumentan que “calculado con el método carga-beneficio, el agravio fiscal catalán es positivo pero tan pequeño que no justifica la demanda de independencia”. Pero ese es su segundo gran error, según don Xavier: “¡nadie quiere la independencia para eliminar el déficit fiscal!” ¿Entonces? “Se quiere para poder implementar políticas económicas y sociales pensadas por y para los ciudadanos de Catalunya”. Lo que sí que pasará, añade don Xavier, “es que una Catalunya independiente será un país normal. Con gobiernos de derechas o de izquierda según voten los ciudadanos. Como Holanda, Francia o Suiza. Algunos lo harán bien y otros lo harán mal. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que esos gobiernos van a tomar decisiones pensando únicamente en los ciudadanos de Catalunya. Y eso ahora no pasa”
¿Y eso no pasa, eso ahora no pasa? Los gobiernos de CiU, la coalición con la que simpatiza y colabora don Xavier, ¿no han hecho política pensando únicamente en los ciudadanos de Cataluña en estos últimos 35 años, de los que 28 han estado mandando en la Generalitat catalana, sin olvidar su poder en Diputaciones, consejos comarcales y municipios, además de su intervención en el Congreso de Diputados y en el Senado? ¿Es que acaso en el amplio margen de la autonomía política catalana no han ejercido su poder CDC y UDC, con la colaboración entusiasta en ocasiones de ERC, pensando en los ciudadanos de Catalunya? ¿En quién han pensado entonces? No parece discutible que CiU ha ejercido mando en esta plaza, ha gobernado, en estrecha alianza con las 400 familias milletistas, durante más de tres décadas. La cuestión, la respuesta a esos interrogantes, tal vez sea los resultados de ese mando y gobierno. Unos datos conocidos por todos: Cataluña es la duodécima comunidad española en gasto educativo (datos de 2013); Cataluña es la décimocuarta comunidad en gastos sanitarios; Cataluña es la comunidad que más ayudas concede a la escuela concertada; entre 2011 y 2015 se han reducido en 1.500 el número de docentes (mientras aumentaba la matrícula de alumnos en centros públicos) y se ha disminuido en un 21% los recursos por alumno; el PIRMI fue brutalmente atacado por el primer gobierno Mas mientras se eliminaba el impuesto patrimonial de los más ricos; en este mismo período se contrajo en sanidad un 15,2% el gasto per capita en los dos primeros años, se cerraron un millar de camas, se clausuraron quirófanos y se despidió a más de 5.000 trabajadores del Institut Català de la Salut; los hospitales privados (146) triplican en Cataluña a los públicos (56); las prestaciones por dependencia han sido rebajadas por el gobierno Mas (siguiendo las huellas del gobierno Rajoy… tan lejanos y tan próximos en lo esencial) hasta un 11% en el último trienio; las matrículas universitarias están entre las más caras de nuestro país de países; el empleo “creado” en Cataluña es, como en el resto de España, fundamentalmente temporal en un 88%; en los ciclos formativos de grado superior se exige el pago de una matrícula de 360 euros; el Servei d’Ocupació de Catalunya ha visto mermada su plantilla en un 31%; el poder adquisitivo se ha desplomado en un 9% (la media española es del 6,2%); Catalunya ha encabezado la caída del salario medio y ha liderado el aumento de precios; los desahucios han sido pan de cada dia mientras los gobiernos Mas no decían ni pío; la política policial de Felip Puig puede ubicarse entre las más represivas de Europa; la privatización bienes públicos es programa básico teorizado por Mas-Colell, etc, etc.
No hablo de la corrupción generalizada (ni tampoco de los corruptores) en las filas del partido gobernante, ni del 3%, 5% o 10% ni de la manipulación y engaños “patrióticos” del gran ex honorable, el padre político del cuarto candidato posición Rey-Reina de la lista de “Junts pel sí”, porque todo ello es materia más que conocida. Así, pues, ¿por qué debemos pensar que una Cataluña independiente vaya a tener más en cuenta el interés social y económico de los ciudadanos, especialmente si pensamos en los sectores más vulnerables y, en general, desfavorecidos?
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Un texto de 2013 de Sam Pizzigati sobre la historia norteamericana de principios del siglo XX que está de rabiosa actualidad entre nosotros:
“Los principales políticos del Partido Republicano y del Partido Demócrata se habían pasado las décadas posteriores a la Guerra Civil doblegándose vilmente ante los “intereses empresariales”. Sus campañas electorales habían relegado los asuntos reales –la explotación económica por poner uno– y, en su lugar, habían explotado cínicamente las animadversiones raciales, religiosas y regionales del país. Los populistas [El Partido del Pueblo] se habían negado a jugar a ese juego. Concentraron su fuego en la gran brecha existente en Estados Unidos entre los que vivían “en espléndidas mansiones, en magníficos palacios” y “las grandes masas, los trabajadores de la nación”.