Droite/Gauche. Ils ont tout cassé. El Frente Nacional y la cultura política del nacional-populismo francés.

Ferran Gallego

Cuando se celebraba el éxito obtenido el 25 de mayo, la aparición de Jean Marie y Marine Le Pen ante las cámaras pudo expresar los factores de continuidad y renovación que explican, ambos, la tenaz experiencia y amplias expectativas políticas del Frente Nacional.

Marine Le Pen apareció para dar las gracias a los franceses por haber dicho “¡basta!” a ser “gobernados desde fuera”. Les aseguró que el partido sería digno de la exigencia republicana de ver a la nación representada y dirigida por quienes hubieran pasado por el cedazo del sufragio universal. Les prometió que el ciclo de una miseria determinada por la pérdida de la identidad y la soberanía empezaba a cancelarse con el triunfo de aquella misma noche. A la misma hora, Jean Marie Le Pen, presidente de la organización desde 1972 hasta 2011, declaraba ante las cámaras que su partido se había fundado con un lema que parecía ahora especialmente revelador: “Avec nous, avant qu’il ne soit trop tard”. Pero ese “con nosotros, antes de que sea demasiado tarde” traicionó el exceso de recuerdos que crujen en el sistema nervioso del anciano dirigente ultraderechista. De hecho, no era un lema del Frente Nacional, sino de una organización previa, un grupo de acción con importante implantación en los ambientes de combate “nacional-revolucionarios” que coincidieron con la movilización de 1968: Ordre Nouveau. A su vez, este grupo había calcado la consigna, e incluso la composición gráfica del cartel, del que el Movimiento Social Italiano distribuyó en el momento de su máximo empuje electoral, en 1970, cuando los “misinos” pudieron creer que llegarían a convertirse en la tercera fuerza política nacional, tras la Democracia Cristiana y el PCI, pudiendo condicionar desde la derecha la política del partido católico.

El 79% de los electores de Marine Le Pen se consideran víctimas de una modernización identificada con la mundialización.

Como todo lo anecdótico, el lapsus de Jean Marie puede completar la lucidez de Marine. El Frente Nacional mantiene, estilizada, sometida a una exigente dieta de adelgazamiento simbólico, la “flamme” tricolor que se copió también del MSI, partido modelo de todas las organizaciones de extrema derecha en la Europa de los años setenta. El pasado o, mejor dicho, la continuidad, la tradición, es un instrumento indispensable para afirmar una legitimidad, pero también para asegurar una esperanza. El Frente no acaba de llegar: su capacidad de renovación, su impulso modernizador encarnado en el cambio de líder y en la modificación de un estilo, solo puede entenderse en el seno de una continuidad de fondo, que proporciona expectativas de futuro en la misma medida en que asegura una larga trayectoria, que permite verlo sobrevivir a las actas de nacimiento y defunción que ha ido firmando la intransigencia del tiempo político en la era de la globalización. Recordemos que, cuando se fundó el Frente Nacional, el Partido Comunista era la primera organización de la izquierda francesa. Recordemos que, veinte años más tarde, el Frente era el primer partido entre los trabajadores industriales y los desempleados, mientras el Partido Comunista caía a las posiciones de la marginalidad. Recordemos que, en el año 2002, Jean Marie Le Pen pudo pasar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, dejando atrás a un Lionel Jospin que había sido primer ministro tras haber ganado las legislativas en 1997. Recordemos, por fin, que la clase política que vio nacer el Frente Nacional ha desaparecido, acompañando en su declive generacional a los distintos esfuerzos realizados a izquierda y derecha para conseguir agrupaciones estables: destrucción del mundo liberal heredero de la UDF de Giscard, incapacidad de la extrema izquierda para construir un espacio permanente y unificado, divisiones y desvalorización del ecologismo, crisis imparable de la socialdemocracia, pérdida de identidad del gaullismo. Mientras tanto, el Frente Nacional que, sin cambiar de nombre, de emblema y de apellido de su líder, gana las elecciones europeas del 2014, ha logrado superar crisis que han ido siendo presentadas, con tediosa monotonía, como el anuncio del hundimiento definitivo de esa molesta anomalía. Los enfrentamientos entre los neofascistas ortodoxos y el nacionalismo ultra lepenista, en la década fundacional; el impacto no siempre bien digerido del éxito de los años ochenta, acompañado de la integración en el Frente de cuadros de la derecha liberal; el desconcierto por la negativa del gaullismo a considerarlo compañero de filas en los noventa; el intento de desplazar a Le Pen y sustituirlo por los “pragmáticos” cargos municipales coordinados por Bruno Mégret a fines de los noventa; el hundimiento electoral en la etapa de hegemonía de Sarkozy. Tras la amenaza de la marginación definitiva que siguió a las elecciones presidenciales y legislativas del 2007, el Frente cierra filas y organiza, en medio de algunas convulsiones escisionistas que anuncian de nuevo la crisis del movimiento, una renovación que mantiene, en su misma dinámica, la calidad de una tradición actualizada: a comienzos del 2011, Marine vence el frente del TSF (tout sauf Marine) de Bruno Gollnisch y se impone al secretario del partido. El lepenismo se convierte en marinismo. El apellido garantiza la continuidad, la legitimidad de origen. El nombre señala la innovación, la legitimidad de ejercicio. En el sintagma completo, Marine Le Pen pasa a ser algo que supera al pasado y al futuro: es, en su discurso, en su propaganda, en sus llamamientos, la evocación de una permanencia.

La petición del proteccionismo difícilmente puede ser calificada como una actitud derechista y, menos aún, de extrema derecha: es una exigencia nacional y popular.

Las cinco fracturas de Pascal Pérrineau  

El pasado llega, por tanto, como una garantía, cuando se expresa en forma de continuidad, de supervivencia y de superación de crisis hondas que no han dejado de golpear el territorio del Frente Nacional desde antes de que llegara a convertirse en una fuerza apreciable electoralmente. El fuerte liderazgo de Le Pen, en la misma medida en que ha sido un factor de exclusión lo ha sido de cohesión caudillista de un partido que, a diferencia de lo sucedido en el resto del panorama política galo, ha conseguido mantener un impacto constante en la opinión pública y levantar una organización resistente a los conflictos internos y a la permanente extraterritorialidad en que han querido sumirlo sus adversarios. Una genealogía que actúa como autentificación de la verdad proclamada, como certificado de la necesidad histórica –y no simplemente coyuntural– del nacionalismo populista de extrema derecha, como representación activa y permanente de una parte sustanciosa del pueblo francés. El exilio institucional al que le condena el sistema electoral mayoritario es solo una demostración más de esa resistencia, un inapreciable símbolo del peregrinaje en una tierra hostil, de la soledad en la que se curten quienes tienen la razón de su lado, aunque también tengan la opinión en contra. Y, además, la marginalidad nunca ha sido insignificancia, sino una deportación del campo político “normal”, del escenario del sistema, que el Frente ha convertido en mérito y demostración de su exclusiva propiedad del discurso contra el sistema.

Pascal Perrineau, el politólogo que, junto a Nona Mayer y Jean Yves Camus, han sido los más fieles estudiosos de una larga trayectoria, en especial tras la irrupción electoral de un Frente que ya tenía diez años de existencia cuando consigue entrar en las instituciones municipales o europeas, destaca en su último libro, La France au Front (Fayard, 2014), las “cinco fracturas” sobre las que opera la capacidad del Frente Nacional de rehacerse tras la severa crisis sufrida tras el triunfo de Sarkozy en 2007 y lo que amenazaba con ser la reabsorción de la mayor parte del espacio perdido en el gaullismo durante el largo y penoso mandato de Chirac (1995-2007), considerado el de una “derecha social y nacionalista” extraviada por la pérdida de la identidad del RPR desde su asunción de una cultura “liberal”. Al Frente acuden, en primer lugar, los “perdedores de la modernización”, una interpretación clásica del auge del nacional-populismo que ya analizó esta circunstancia para comprender el ascenso fugaz del NPD en la Alemania de los años sesenta o de lo que Piero Ignazi llamó la “contrarrevolución silenciosa” para referirse al conjunto de la extrema derecha pero, en especial, a la del MSI a comienzos de los años setenta y de los Republikaner alemanes en los ochenta (P. Ignazi, 1992 ). El 79% de los electores de Marine Le Pen se consideran víctimas de una modernización identificada con la mundialización. Los perdedores no tienen solamente una impresión de incongruencia de estatus, habitual recurso de la sociología para explicar el auge de otras experiencias populistas. Las cifras son atronadoras: la mayor parte de quienes declaran no llegar a final de mes, señalan su desinterés por la política, que puede encontrar acomodo en un discurso antisistema que apela a la nostalgia de la comunidad perdida con más éxito que la crudeza de una izquierda que expresa la lógica abrumadora del capitalismo en su fase de segunda globalización. El hecho de que los perdedores dispongan de un nivel de estudios menor que la media de los franceses expresa una fragilidad intolerable, una desprotección ante la competencia de los inmigrantes: el discurso xenófobo se materializa en un conglomerado de resistencia popular ante la unificación del mercado que no se controla políticamente y que, por tanto, debe manifestarse como pérdida de soberanía en el más inmediato de los sufrimientos. En el año 2012, la mayor parte de los “perdedores de la modernización” toma el camino de la abstención. Cuando la participación electoral es más baja, como en las europeas, Marine Le Pen puede verse catapultada a una posición mayoritaria, en especial porque dos terceras partes de sus votantes consideran perjudicial la Unión Europea y un 74% ve la mundialización como un grave riesgo para sus condiciones de vida.

La izquierda no ha jugado bien al equilibrio entre discurso internacionalista y defensa de los recursos de la soberanía.

Ese recelo se expresa en la segunda de las fracturas: sociedad cerrada, protegida, frente a sociedad abierta. El prestigio de la seguridad ante lo externo, la exigencia de defensa por el Estado nacional de los riesgos de un mundo exterior que contamina una identidad fácilmente captable en asuntos que mezclan lo simbólico y lo real, demanda una movilización “revolucionaria” del “pueblo”, en la que el referente de 1789 y el “bleu marine” forman parte de los colores de la bandera revolucionaria manteniendo su guiño al nombre de la máxima dirigente del Frente Nacional. La petición del proteccionismo difícilmente puede ser calificada como una actitud derechista y, menos aún, de extrema derecha: es una exigencia nacional y popular, que demanda la restauración del Estado tal y como se recuerda, identificado con los momentos de expansión económica y de falta de incertidumbres radicales. La izquierda no ha jugado bien al equilibrio entre discurso internacionalista y defensa de los recursos de la soberanía: simplemente, no ha entendido lo que era el nuevo ciclo del sistema, y lo paga con extremada y comprensible dureza. El problema no es el vacío: el problema es que en el ADN del Frente Nacional está la denuncia permanente de la globalización o, como prefiere decirse en Francia, la mundialización. Sin titubeos, vinculando el nacionalismo francés a la soberanía popular y, de forma más reciente, a un especial hincapié al conjunto de los valores republicanos. En Francia, no cesa de repetir Marine Le Pen, la nación es el Estado, y el Estado es la República (M. Le Pen, 2011 y 2012). La cultura republicana exige una recuperación de la soberanía nacional sin la que Francia pierde la definición de una comunidad política tal y como fue formulada a fines del siglo XVIII. No puede sorprendernos lo que ocurre, cuando el NO a Maastricht está a punto de ganar en 1992 y el NO vence en el referéndum de mayo de 2005. Si la globalización toma forma en la pérdida del bienestar social, apartado de las decisiones que puedan tomar los dirigentes políticos franceses, la defensa de la identidad pierde el carácter étnico que había alcanzado en otros momentos, para referirse a la cuestión cultural: tanto Perrineau como Alexandre Dezé (Dezé, 2012), muestran un cartel expresivo: una muchacha magrebí, joven, vestida de un modo poco usual en los ambientes conservadores –tejanos y vientre a la vista– señala con el pulgar hacia abajo, indicando que “Droite/Gauche: ils ont tout tout cassé: nationalité, assimilation, ascenseur social, laicité”. La integración social que garantiza la república se pone en riesgo por la carencia de la cultura republicana. Y Marine Le Pen lo explica con claridad: “A la mecánica republicana de la asimilación, la izquierda, seguida en esto como un autómata por la derecha, ha opuesto la quimérica y dramática ideología de la integración. Rechazando la idea de un pueblo cohesionado por la misma cultura, educado en los mismos valores, sintiéndose dueño de un destino común, esta ideología ha preferido la idea de un país constituido únicamente por una suma de individuos dispersos. La apología de la diferencia se ha transformado rápidamente en la teoría de la división, de la fragmentación, alimentando a un comunitarismo que golpea con todas sus fuerzas nuestra unidad y nuestra cohesión nacional.” (M. Le Pen, 2011, pp. 296-297).

La derechización de la opinión pública francesa se expresa, más que en la intolerancia hacia cuestiones de libertad personal, en temas como una exigencia del control del Estado sobre ámbitos de la sociedad: lo cual implica que un conservadurismo alentado por Sarkozy en los ámbitos del gaullismo, es traducido por la renuncia al neoliberalismo de Jean Marie Le Pen en los años ochenta y el regreso a la tradición estatalista de la extrema derecha en Francia. Lo cual señala una diferencia sustancial con respecto a la izquierda: no es el peso de lo “público”, sino la responsabilidad del Estado nacional. La República, como idea de retorno a la plenitud de la soberanía, vuelve a situar al Frente Nacional en una posición de ventaja y de extrema incomodidad del discurso del socialismo o de la izquierda más radical. Una cuarta fractura se define en la reflexión de Perrineau como la que separa, por efecto de la crisis, a una Francia productiva y próspera de las grandes ciudades, una Francia productiva pero en declive en las zonas urbanas de vieja industrialización, y una Francia no productiva, agotada, que sobrevive gracias al trasvase de recursos de asistencia y solidaridad. La quiebra de la unidad nacional se acompaña ahora de deslocalización industrial, de modelo económico familiar a todos los que pasan de los cuarenta años, y que resulta ahora una excepción, porque las zonas de prosperidad de las grandes ciudades trabajan con exigencias distintas de habilidad profesional y de costumbres laborales distintas a las tradicionales. La posibilidad de un “sorpasso” en la forma de relacionarse con la creación de riqueza genera una severa ansiedad y crea una “Francia periférica” en la que el Frente obtiene excelentes resultados. El declive marinista en los centros urbanos no es menos espectacular, pero parece combinarse a la perfección con el marco de un desequilibrio reciente, que puede ser recordado como cambio en las condiciones de vida de los individuos, y ser considerado, así, como reversible, como toda mutación que se ha vivido en la propia existencia personal. Por último, la quinta fractura expresa la que separa a quienes aún creen en la política y a quienes se sienten alejados de ella, y para los que Marine Le Pen diseña un nuevo discurso: no es ya solo la consigna antisistema que se forjó especialmente tras la pérdida de toda expectativa de alianza con la derecha a partir del gobierno Chirac de 1986-1988. La vieja alusión a la “banda de los cuatro” (comunistas, socialistas, giscardianos y gaullistas) pasa a ser ahora una actualizada denuncia del sistema “UMPS”, al que se suma un exhaustivo listado de propuestas destinadas a ganar a los franceses desengañados, para una política radicalmente distinta, pero nada ajena al pragmatismo de una política de alianzas en torno a un programa nacional-popular.

La República, como idea de retorno a la plenitud de la soberanía, vuelve a situar al Frente Nacional en una posición de ventaja.

La larga trayectoria del Frente Nacional

Programa, desde luego, y voluntad de llegar a acuerdos en torno a una plataforma de recuperación del Estado nacional. Porque el Frente Nacional no solo ha vivido mucho tiempo en la dinámica destructiva de un periodo que, caracterizado por las tensiones de la segunda globalización, ha destruido la organización de las fuerzas políticas francesas tal como se conocían en el momento de la fundación del partido, en 1972. El aprendizaje ha sido duro, pero no puede decirse que el Frente Popular haya salido mal parado, tanto en lo que afecta al mantenimiento de un referente tradicional como en lo que se refiere a una renovación que, sin abandonar señas de identidad claras, permite hablar de un mundo que ha acabado por dar la razón a los motivos de la creación de este espacio de resistencia nacionalista que ahora pasa a la ofensiva. Atrás, muy atrás, pero de necesaria e interesante reflexión, queda la formación del grupo. Conviene que se recuerde, cuando corremos el riesgo de atenernos al simple examen de un fenómeno propio de la crisis actual. Como conviene recordar que el pintoresco diputado del NPD representa a una fuerza política fundada hace cuarenta años y que, apoyándose en los “perdedores de la modernización” nacionalistas, llegó a ocupar escaños en todos los parlamentos regionales alemanes menos en el de Hamburgo en la segunda mitad de los años sesenta, logrando un 4,3% de los votos en las elecciones federales de 1969. Conviene recordar la existencia del “polo escluso” de la política italiana, el Movimiento Social, fundado en 1946 y disuelto a mediados de los años noventa al ser sustituido por la Alianza Nacional y deglutido después por Forza Italia; un partido que llegó a gobernar capitales de provincia del sur del país y que alcanzó resultados de dos dígitos al sur de Roma en todas las elecciones celebradas desde los años sesenta. O que, en las municipales de 1993, llegó a colocar a un abierto neofascista como Gianfranco Fini o a una líder de elocuente apellido (Alessandra Mussolini) en resultados cercanos al 50% de los votos en Roma y Nápoles respectivamente (Gallego, 2004 y 2005; Ignazi, 1989, Moreau, 1994).

La formación del Frente Nacional procedió directamente del neofascismo francés, y fue un proyecto diseñado por uno de sus dirigentes más lúcidos, François Duprat, asesinado en un atentado en 1978 (Lebourg y Beauregard, 2012). La necesidad de superar el espacio marginal y el carácter de grupo de acción obligaba a aceptar una síntesis política donde se superara la letal separación entre el nacionalismo ultraconservador y populista y los grupos neofascistas. El modelo era el MSI, que Duprat había estudiado cuidadosamente, pero el escenario era muy distinto. La V República castigaba a las fuerzas políticas sin capacidad de llegar a acuerdos electorales, y la nostalgia de Argelia o de la Colaboración había mostrado su ineficacia. El Frente Nacional vegetó en resultados electorales situados alrededor del 1% de los votos durante toda la década, pero fue capaz de soportar sus tensiones internas y permitir la hegemonía de los sectores conservadores, en especial tras la incorporación del matrimonio de Jean Pierre y Marie France Stirbois y su grupo solidarista al movimiento. Fue precisamente el meticuloso trabajo a escala municipal realizado por esta pareja en Dreux, y el momento de crisis del gaullismo como formación dominante en la derecha francesa –y, por tanto, el paso a la primacía de los liberales frente a los populistas– lo que dio paso a los primeros éxitos electorales. Municipales primero, en elecciones parciales después y, en especial, en el bombazo de las elecciones europeas de 1984, cuando el lepenismo consiguió colocar a diez diputados en Estrasburgo. Eran elecciones secundarias y cabía esperar una rápida disolución de aquella súbita oleada. Pero no podía ser así, porque no se trataba de algo tan precario. Francia entraba, como toda Europa, en el periodo de cambio de ciclo de los años ochenta, acompañado de una larga presidencia socialista que movilizó a aquellos sectores de clase media y clase obrera conservadores que habían votado al gaullismo durante veinticinco años, y ahora solo hallaban propuestas liberales.

Durante unos años, el Frente Nacional no fue el grupo antisistema al que estamos acostumbrados, sino una fuerza que había perdido a sus sectores más radicales, y que trataba de conseguir articular una gran alianza contra la izquierda, mezclando el nacionalismo étnico y el neoliberalismo económico. Por ello, cuando el sistema electoral fue cambiado a un régimen proporcional en 1986, las candidaturas del Frente fueron ocupadas por nuevos militantes, pertenecientes a una derecha conservadora o incluso a corrientes de un liberalismo autoritario escindidas del RPR y del Partido Republicano. Fue la negativa de Chirac a aceptar un pacto con los 35 diputados lepenistas entre 1986 y 1988 lo que enfureció al caudillo del Frente Nacional y lo que le aisló de la política del sistema, algo que él nunca había buscado, obligándole a un cambio de discurso y a una modificación de su clientela electoral. En los años noventa, el Frente Nacional se convirtió en una organización fuerte ya no en las zonas de clase media, sino en los distritos populares. El partido de la alianza entre clase media y clase alta había pasado a ser partido de fusión política entre los sectores conservadores de la clase media y amplias franjas de obreros que procedían de la izquierda, pero también de un voto conservador de cinturones industriales (N. Mayer, 1999; Pérrineau, 1997). Una vez lograda la captura de un amplio espacio de electores, entre el 12 y el 15%, el debate que precedió a la crisis más grave sufrida por el partido era obvio. Para Bruno Mégret se trataba de hacer valer una fuerza electoral como aquella para condicionar a la derecha liberal y gaullista, en especial en el campo municipal. Para Le Pen, la cuestión era mantener un espacio a salvo de contaminaciones, a la espera de que el régimen entrara en crisis. Un debate que parece calcar la suerte de todos los movimientos antisistema que en el mundo han sido, y que rompió por la mitad al Frente Nacional en 1998, aunque con mayor fortuna electoral para los seguidores de Le Pen en las europeas del año siguiente: por una pequeña diferencia, el Frente Nacional entró en el parlamento de Estrasburgo y el Movimiento Nacional Republicano quedó, con un 3,5% de los votos, fuera de él, lo que provocó la pérdida de los importantes apoyos municipales con los que contaba (Lecoeur, 2003, Darmon y Rosso, 1998).

En los años noventa, el Frente Nacional se convirtió en una organización fuerte ya no en las zonas de clase media, sino en los distritos populares.

La profundidad de aquella crisis de identidad política –es decir, de carencia de equilibrio entre el carácter ideológico del partido y su capacidad de ofrecer una línea de alianzas indispensable para gobernar o condicionar la gestión municipal, cantonal o regional– se ocultó durante un tiempo por un gran malentendido: las elecciones presidenciales de 2002. El paso de Le Pen a la segunda vuelta solo respondió a la insensatez de una izquierda capaz de presentar media docena de candidatos en la primera vuelta y de quebrar, de este modo, por un puñado de votos, la posibilidad de Jospin a disputar a Chirac la presidencia (Gallego, 2002). En cuanto se aterrizó sobre la realidad, es decir, en cuanto Le Pen tuvo que ofrecer perspectivas a una sociedad que había entrado en una crisis tan claramente expresada en el resultado del referéndum del año 2005, el Frente Nacional fue incapaz de soportar la OPA lanzada por el trabajo minucioso de Sarzkozy en su tarea de restablecer la identidad política y la capacidad de reagrupación de la derecha del gaullismo clásico. Las elecciones del 2007 anunciaron la necesidad de una renovación que las europeas de 2009 volvieron a subrayar. La carrera a la sucesión no era solo eso: era, sobre todo, el debate sobre la ortodoxia de la marginación o la propuesta del pragmatismo. Para que las cosas resulten especialmente curiosas, mientras la posición más cerrada la ofrecía el presunto delfín Bruno Gollnisch, Marine Le Pen podía contar, para una meditada labor de aperturismo, con el sello de garantía de su nombre, y con el apoyo decidido de su padre en el proceso –para decirlo como corresponde– de “abdicación”.

La llegada de Marine Le Pen

¿Con qué llegaba Marine Le Pen a la presidencia del Frente Nacional a comienzos del 2011? No solo con un rostro joven, con una tendencia indispensable a abandonar las boutades que pudieron dar réditos al padre en los años de la política como resistencia y provocación. Llegaba con algo menos visible en un análisis superficial, pero muy eficaz en una visión más cercana de las cosas. En primer lugar, su acceso al poder se produjo con el apoyo de sectores procedentes de la escisión de Mégret, que hacía tiempo que habían abandonado toda esperanza de una organización del MNR o de cualquier otro espacio nacionalista republicano, tras los fracasos de los movimientos de Villiers, Pasqua, Séguin y Garaud, personajes que, por otro lado, pertenecían a ese núcleo duro del gaullismo que los formados en la defensa de Argelia contemplaban con tanta aprensión como el desprecio con que los viejos gaullistas les veían a ellos. Por otro lado, un Villiers procedente del republicanismo no gaullista difícilmente podía conectar, con su base social vendeana, con los sectores de periferia industrial propios ya del lepenismo desde los años noventa (Crépon 2012). Esa ayuda le resultó de incalculable valor para abrirse paso en un poder territorial alcanzado en los espacios de deterioro urbano y de corrupción del poder en manos de viejas elites locales, en especial del Partido Socialista, en las zonas del Nordeste. En la lucha en Pas-de-Calais y, en especial, en la población en la que reside, Hénin-Beaumont, Marine Le Pen combina su campaña europea de 2009 con una agotador trabajo de puerta a puerta a fin de ganarse un espacio territorial propio. Auxiliada por tránsfugas del magretismo y, por tanto, personas muy atentas al pragmatismo y réditos de la lucha municipal, como Nicolas Bay y Bruno Bilde, Marine Le Pen establece una gran analogía entre las condiciones penosas de una pequeña ciudad de provincias y la protesta ante la decadencia nacional francesa. El discurso de regeneración deja de ser retórica patriótica desnuda para ser descripción valorativa del ecosistema del poder (Machuret, 2012). El ascenso de Marine ha sido doloroso, tenaz y en lucha contra una vieja guardia de la que, en realidad, no forma parte (Rosso, 2011; Simon, 2011). La “desdiabolización” emprendida encontrará siempre las preguntas incómodas de los periodistas y los libros que desenmascaran una propuesta cuya capacidad de integración nacional es discutible (Fourest y Venner, 2011), pero los resultados de las elecciones europeas, tras la decepción personal de los escasos votos que la separan de un escaño en la Asamblea Nacional, anuncian un nuevo paisaje.

¿Un nuevo Frente?

¿Nuevo? Tan solo en lo que tiene de capacidad de condicionamiento, de influencia inevitable en la derecha francesa, de presencia que no puede ya marginarse, como quizás pudo pensarse en 1998 o en 2007. La destitución de Europa como objetivo social, la conversión de la unidad del continente en una contrautopía, en una realidad cargada de sufrimiento que nada tiene de accidental o provisional, coloca el discurso nacionalista del lepenismo en un espacio nuevo, aunque sus odres sean viejos. Y ese espacio no es el que puede generar frustraciones a este antiguo movimiento hincado en lo más rancio de la extrema derecha, sino el que puede obligarle a y recompensarle por hacer de esta circunstancia de quiebra de legitimidad una base de construcción de una hegemonía, cuyo horizonte está aún por ver, pero cuya realidad actual dista de tener nada que se parezca a una mera protesta coyuntural. La única duda no se refiere a la supervivencia de un amplio movimiento nacional-populista, sino a la resistencia de la derecha gaullista y liberal para abandonar su estrategia de no contar nunca con el Frente Nacional. De hecho, que pueda considerarse una cuestión táctica y no un tema cultural, indica ya hasta qué punto el Frente ha saltado definitivamente por encima de una etapa histórica que queda ya a sus espaldas. A nuestras espaldas.

 

 

 

Bibliografía

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