
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Espolea Alonso Quijano su rocín flaco en la primera salida al campo de Montiel. Le suceden reveses, pero nada le ocurre. En vano pide a posaderos y jayanes que le confirmen su locura armándolo caballero andante. El mismo don Miguel de Cervantes Saavedra, que escribe sobre aventuras al aire libre por aliviar el encierro de su calabozo, siente que algo no marcha. La eterna soledad del hidalgo mudo sobre la infinita Mancha podría resultar tediosa. Acaso su melancólico personaje cabalga hacia el injusto olvido, como otros tantos de sus Novelas ejemplares. Cervantes hace regresar con sus pasos contados al Ingenioso Hidalgo a su pueblo natal para sonsacar a un aldeano. Sin Sancho, no hay Quijote.
2
“Hombre de bien –si es que este título se puede dar al que es pobre–, pero de muy poca sal en la mollera” y “pobre villano” llama Cervantes al paciente Sancho (Cap. VII, I). De glotón, comedor de ajos, refranero y cobarde no cesan de incriminarlo el Ingenioso Hidalgo y los críticos literarios. Para el Quijote, a quien la locura convence de que su brazo es invencible, su rocín raudo, su yelmo de Mambrino invulnerable y su bálsamo de Fierabrás curalotodo, apalear jayanes es empresa sin riesgo. Su temeridad es la del gamberro que fractura al débil abusando de la triplicada eficiencia de las artes marciales, el arma ventajista y el papá que moverá influencias. Sancho corre riesgos a conciencia de que su pollino es lento, sus espaldas desprotegidas, su pescuezo insustituible. No necesita que nadie lo arme caballero: combate desde la inexpugnable conciencia de su vulnerabilidad.
3
De princesas, dragones, gigantes, hechiceros, palacios encantados, corceles voladores y armas mágicas están atiborradas mil novelas de caballería que ningún lector contemporáneo se atrevió a cursar. El delirio de don Quijote no convence ni al propio Cervantes. En contadas páginas representa las visiones del Caballero de la Triste Figura, como en su relato sobre la cueva de Montesinos. La verdadera empresa del Quijote es la crítica de lo imaginario desde el plano de lo real. Pero esta tarea la cumple el ojo de Sancho al discernir certeramente en el gigante el molino de viento, en el castillo hechizado la venta, en la princesa la moza del trato. La crítica de Sancho inscribe al Quijote dentro del manierismo, del regocijo en la sistemática construcción y deconstrucción de apariencias: ambos se saben personajes literarios de dos libros, el legítimo de Cervantes y el plagiado de Avellaneda; el primero de ellos finge ser la última novela de caballerías, pero con su mundo de arrieros y galeotes y labriegos es la primera epopeya de la producción de la vida real.
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Quienes encomien eldesinterés del Quijote no han leído u olvidan sus dislates. Premio de sus gamberradas será la más bella princesa: mediante eficaz braguetazo o ventajosa batalla ganará un imperio o un reino “porque del mismo modo y por los mismos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantes a ser reyes y emperadores” (Cap. XXI, I). Por el contrario, se cobra implacable factura al Sancho que espera como estipendio de tantos palos el gobierno de una ínsula. Dos escándalos encierran estos desusados honorarios. Ínsula es isla y desde el maestro Tomás Moro casi toda utopía está rodeada de agua por todas partes menos por una que la une a la esperanza ¿Cuál es la utopía del honrado labriego? Sancho en la silla de Barataria es la cuestión primordial de la teoría política: la del pueblo en el poder.
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¿Es legítimo que el trabajador que a todos alimenta también se gobierne? ¿Y sabrá hacerlo? Para desacreditar al pueblo en el poder los pedantes doctores de Barataria plantean ante Sancho los más enrevesados litigios que jamás enfrentó mandatario o sofista: el jayán los resuelve con sensatez que provoca júbilo en la multitud de gobernados y lectores. No hay engaño para la certera brújula de su visión de clases: “Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener: aunque ella al del tener se atenía; y el día de hoy, mi señor Don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber, un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado” (Cap. XX, II). “Bien predica quien bien vive” -contesta al Quijote que se asombra de su agudeza- “y yo no sé otras teologías”.
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Para separar al pueblo gobernante del pueblo gobernado, los poderes arman primero el sofocante círculo de consejeros traidores que no dejan respirar ni comer, luego el golpe de mano del cual el infeliz Sancho debe defenderse solo en palacio. La carga del poder es insoportable, predican los consejeros y el mismo Cervantes. Lo es para quien, como Sancho “saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel” (Cap. LIII, II).
7
¿Se requerirá prueba de que es la locura y sólo la locura lo que arma al caballero andante, que la decisión de Alonso Quijano de dejar el oficio en cuanto se vuelve cuerdo? “Yo fui loco, y ya soy cuerdo fui Don Quijote de la Mancha, y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno” (Cap. LXXIV, II). El quijotismo del hidalgo era sólo perturbación, el de Sancho, aprendizaje desde el duro territorio de la íntegra posesión de las facultades mentales. Deja Quijano la caballería en cuanto la sin razón cesa de prometerle princesas, tronos, imperios: quiere Sancho persistir en ella a pesar de que en su áspera odisea no ha recibido más que palos, azotes y hambrunas. Resulta así Sancho el más perfecto de los caballeros andantes: el que asume la utopía no desde la alucinación, sino desde la diáfana conciencia de la debilidad del hombre y la precariedad de sus obras: quien arenga a Quijano a volver al campo de batalla pues sucede al “que es vencido hoy ser vencedor mañana” (LXXIV). Así vence Sancho hace cuatrocientos años y convencerá por cuatrocientos más.