
Seguramente ocurre con los partidos lo mismo que con los seres vivos: que tienen un ciclo vital limitado a lo largo del cual nacen, crecen, florecen, envejecen y mueren. Al fin y al cabo no hay tanta diferencia entre una organización y un organismo.
Desde Aristóteles es sabido que en el mundo de los organismos vivos lo perenne es la especie, no el individuo. Otro tanto, pues, cabría decir de las organizaciones políticas.
Ahora bien, ¿qué es un partido político? ¿Un individuo o una especie? Depende de la escala y el orden de magnitud del que partamos. Tomando como unidad al afiliado, será éste el que consideraremos individuo y el partido será su especie. Efectivamente, es fácil constatar cómo —salvo llamativas excepciones representadas por “especies” políticas sorprendentemente efímeras (como el ya proverbial caso de la en su momento llamada “operación reformista” encabezada, entre otros especímenes, por el prestigioso abogado Miquel Roca Junyent)— sucesivas promociones de miembros nutren las filas de un partido cuya vida se prolonga sin solución de continuidad cierto número de años, decenas o incluso centenares (como en el paradigmático caso de los partidos demócrata y republicano de los Estados Unidos de América, o conservadores y laboristas en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte).
¿Qué es un partido político? ¿Un individuo o una especie?
En el particular caso de los partidos “comunistas”, la cosa no está tan clara. En efecto, muchos de ellos se consideran miembros de una especie llamada “socialismo” (como parece indicar el hecho de que algunos se autodenominen “socialistas unificados”). Y, en efecto, los relatos autobiográficos de dichos partidos se remontan casi siempre a un momento crítico en la trayectoria vital del socialismo (también conocido como “socialdemocracia”), momento ocurrido hace poco más de cien años, en el que parece haberse dado una bifurcación del tronco común en dos ramas o linajes distintos y, por lo general, opuestos y enfrentados: socialistas sin más (o socialdemócratas) y comunistas.
Pero, lejos de acabar aquí la cosa, al cabo de varias generaciones de estos últimos, allá por los años ochenta del siglo XX, parece haberse producido una cierta regresión que dio lugar a la aparición de algunas cohortes —sobre todo en el Este de Europa— que reclamaron nuevamente para sí la denominación de socialistas a secas. Finalmente, desde tiempos muy recientes, retoños salidos de la misma progenie comunista pretenden someterse a un completo cambio “fenotípico” (muchos excongéneres suyos sospechan que también “genotípico”) a fin de poder alcanzar el poder.
El socialismo, más que una especie dotada de continuidad, es un ejemplo ultradarwiniano de evolución comprimida en el tiempo.
Se diría, pues, que el socialismo, más que una especie dotada de continuidad, es un ejemplo ultradarwiniano de evolución comprimida en el tiempo. La prueba de ello (típica prueba del algodón para determinar las fronteras entre especies) es la constatada imposibilidad de que el “apareamiento” (políticamente hablando) entre socialistas y comunistas (y no digamos ya entre éstos y los novísimos especímenes arriba mencionados) dé lugar a una descendencia fértil: todo lo más, hemos asistido al nacimiento de alguna “mula” o algún “macho” obviamente estériles (tratándose de una simple metáfora cogida por los pelos, eludiré precisar quiénes han hecho la función de caballos y quiénes de pollinos…).
Todo lo cual debería llevaros a concluir, ignaros mortales, que la historia del socialismo es la historia de una serie de mutaciones y adaptaciones al cambiante medio capitalista. Que algunas de dichas mutaciones parecieron tener éxito durante un tiempo pero acabaron extinguiéndose superadas por el entorno, mientras que otras se adaptaron tan perfectamente a él que han perdido toda capacidad de seguir evolucionando. Pues, como deberíais saber, contra lo que la inercia intelectual sugiere, sólo los que conservan un cierto grado de inadaptación al medio circundante tienen alguna posibilidad de sobrevivir cuando el medio cambie (cosa que, tarde o temprano, siempre acaba ocurriendo).